Por Ana Castellano
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Durante el mes de febrero en muchos países se celebra el día de San Valentín o día del amor y la amistad. Si bien es cierto que este mes nos ofrece la oportunidad de celebrar a quienes amamos y agradecerles por su presencia en nuestras vidas, este mes ofrece también una oportunidad para reflexionar en el tema del amor.
Como cristiana, muchas veces he leído el capítulo del amor que se encuentra en 1 Corintios 13. Al hacerlo, me he hecho la pregunta de cómo utilizar en mi vida este concepto expuesto por el Apóstol Pablo, especialmente los versículos del 4 al 8:
“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser…” (1 Corintios 13:4-8 RVR 1960)
Este texto se encuentra después de una larga exposición acerca de cómo servir en la iglesia local usando nuestros dones con humildad, evitando el aparentar o creer que somos mejores que las otras personas. En este escrito quiero reflexionar en la manera en que yo entiendo este pasaje y mi forma de aplicarlo en mi vida. Te invito a reflexionar conmigo.
Quiero comenzar con la idea de que el amor es sufrido. Una parte importante que he aprendido en el ministerio es estar dispuesta a pagar el precio. He aprendido que no soy moneda de oro para caerle bien a todas las personas. Es decir, habrá gente que no me va a ver con cariño, incluyendo personas en la iglesia local. Estas hermanas o compañeras de trabajo pueden llegar a ser piedras de tropiezo en mi ministerio y reconozco que ganarlas puede ser muy difícil. Estas experiencias me ayudan a no sentirme más o superior que otras personas, sino a tener un mayor cuidado al hablar o actuar. Muchas veces he llorado, me he alejado de personas, pero he aprendido a preguntarle a Dios: ¿Qué me quieres enseñar con esto?
Esta pregunta que me he hecho en lo personal, me ha llevado a usarla como una herramienta en mi ministerio. Cuando veo a alguna hermana en problemas le animo a preguntarle a Dios qué le quiere enseñar hoy.
El amor es benigno, no tiene envidia. Como hija de Dios y líder en su ministerio, debo ser benigna con otras hermanas y con mis compañeros de trabajo. No debo envidiar, ni hablar mal de las personas a sus espaldas. Si tengo algo en contra de alguien o no me gusta su actitud hacia mí, debo hablar con esa persona y preguntarle si le hice algún agravio. Reconozco que a veces hay gente que se ha enfadado conmigo y yo ni siquiera me he dado cuenta de eso. Así que he aprendido a escuchar más que hablar. Eso no lo hacía antes. Además, antes me jactaba de todo lo que he estudiado y mis títulos, como si eso me mantuviera el corazón lleno. La verdad es que Cristo es el único que debe llena mi alma. Así que debemos preguntarnos cada día ¿Quién llena mi corazón? Y luego hacer los ajustes necesarios.
El amor no hace nada indebido, no se irrita, no guarda rencor. Recuerdo que cuando no era cristiana yo decía: “el que me la hace me la paga”. Hermanas, todavía el día de hoy tengo una lucha constante para no irritarme. Lo bueno es que ahora puedo controlar el enojo más rápido que antes. Una de mis oraciones más constantes es que Dios me ayude a ser de bendición para otras personas. No lo he logrado al cien por ciento, pero prosigo hacia la meta. Día a día, paso a paso, allí voy. La Palabra de Dios me ha ayudado mucho a cambiar mi forma de ser. Esta parte del amor me ha costado más que otras, pero sigo buscando alabar a Dios, un día a la vez. ¿Es algo que se te hace difícil también a ti?
En este mundo hay mucha injusticia. Veo los noticieros y a veces me dan ganas de llorar por todo lo que pasa y cómo muchas personas abusan de otras sin ninguna compasión o benignidad. En mi trabajo también, día a día escucho historias de abuso de diferentes formas. He llorado con personas al escuchar sus historias. Al mismo tiempo me alegro mucho con aquellas personas que mejoran su condición de vida. La justicia es algo que Dios espera de mí y es algo que debo aprender a hacer cada día.
El amor nunca deja de ser. Amar es el privilegio más grande que tenemos. Dios es amor (1 Juan 4:8); y porque le hemos conocido poseemos la habilidad de mostrar un amor más cercano al de Dios que el amor que muestra el mundo. El amor de acuerdo al mundo está lleno de envidia, rencores, jactancia y envanecimiento. Es un supuesto amor que hace cosas indebidas, busca lo suyo propio, está lleno de irritabilidad y rencor, se goza en la injusticia, nada soporta, nada cree, no sufre, no espera nada y se termina.
Si queremos ser líderes que reflejan a Cristo debemos mostrar a otras personas el amor de acuerdo a Dios y no de acuerdo al mundo
Este amor de acuerdo a Dios es lo que nos dará credibilidad como líderes cristianas. La Biblia es clara al decir que podemos tener todos los dones más preciados, las habilidades más buscadas, pero si no mostramos el amor de Dios en lo que hacemos, lo que hagamos es como un ruido intenso en los oídos de Dios y de las personas a nuestro alrededor.
Un poco más adelante este capítulo alude a la idea de que cuando somos niños, hacemos las cosas de niños. Sin embargo, ahora que ya somos grandes debemos hacer las cosas de las personas grandes (1 Corintios 13:11). Si hemos madurado en el Señor, hagamos las cosas del Señor, no las del mundo. Este pasaje de 1 Corintios 13:4-8 nos enseña esto mismo, a ser y actuar como hijas de Dios, maduras y en el proceso de santificación.
Les invito a que nos dispongamos a utilizar este concepto del amor que el Apóstol Pablo nos dejó y a mejorarlo a diario en nuestras vidas. Dios nos bendiga y nos ayude en nuestro camino hacia la meta común: servir como Cristo lo hizo hasta poder verle cara a cara.

Ana Castellano nació en Venezuela y está casada con Roberto Jiménez. Juntos tienen tres hijos, Abigail, Naomi y Daniel. Ella es graduada del CLLI (2014) y trabaja con niños de 6 a 17 años en una clínica de salud mental. Su esposo es pastor de la Iglesia Bautista Trinidad y juntos trabajan para llevar el evangelio a otras personas. Ana y su familia viven en San Antonio, Texas.