Adoptada

Por Jana Atkinson 

Traducido por Alicia Zorzoli

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Crecí como la del medio de un grupo grande de hijas. No hace falta decir que la hermandad es una de las primeras cosas que comprendí, y es algo que siempre amé. Debido a diferentes circunstancias, varias de mis hermanas son adoptivas. Mi papá y mamá mostraron un amor abundante al ajustar su vida y sacrificarse para llenar las necesidades de otras personas. Aunque mis hermanas y yo no tenemos el mismo ADN, las experiencias y las condiciones que compartimos han forjado un lazo de unión muy importante para mí, y yo creo que tiene el potencial de hacer un impacto en el mundo. Nuestra hermandad es el primer lugar donde vi las manos del Señor obrar en mi vida. Siempre guardé una admiración profunda por la adopción. La adopción de mis hermanas significó por lejos los momentos más significativos de mi vida. Para mí, esos momentos maravillosos sirven como los ejemplos supremos del evangelio.

Aunque nuestra hermandad es asombrosa, no siempre fuimos un grupo perfecto de hermanas. El buen Dios hizo que las hermanas Atkinson fueran individuos completamente diferentes entre sí. Las diferencias que se encuentran entre los miembros de nuestro grupo han resultado en muchas discusiones y muchos malentendidos. Algunas veces surgieron barreras que ocasionaron distanciamientos dolorosos en nuestras relaciones. Sin embargo, la bondad de nuestro Padre de amor siempre superó los tiempos difíciles que enfrentamos. Nunca olvidaré el momento más asombroso e inspirador que demostró cuán verdadera es la fidelidad de Dios. El Espíritu Santo nos llevó a través de la situación más dura que hayamos experimentado jamás.

Hubo un tiempo cuando nos encontramos en un lugar donde una de mis hermanas, debido a circunstancias desafortunadas, no nos hablaba. Algo le sucedió a ella durante ese tiempo que cambió su vida para siempre. Sin ninguna vacilación y sin pensarlo dos veces, ese mismo día las seis de nosotras estábamos juntas otra vez, recogiendo los pedazos rotos y abrazándonos con amor incondicional. Fue durante esa época en mi vida que estuve en el proceso de rendir completamente mi vida al Señor. El ver la fidelidad de Dios en esa situación increíble me hizo caer de rodillas y rendirme completamente. Fue entonces que comencé a vivir cada día de mi vida totalmente sometida a Él, y también fue entonces que acepté plenamente mi llamado al ministerio.

Debo admitir que el Señor creó un grupo bastante interesante entre nosotras. El vínculo que tenemos mis hermanas y yo me recuerda una verdad bíblica. La dinámica de nuestra hermandad es un ejemplo de cómo Dios ama igualmente nuestras diferencias. El amor que tiene Dios por cada una de nosotras es personal e increíblemente hermoso. La diversidad entre mis hermanas y yo me impulsa a alabar a Dios por la belleza de todo esto. Aunque no somos un grupo de hermanas perfectas puedo decir que somos una gran representación del cuerpo de Cristo.

Tenemos dones y roles muy diferentes, pero aun así tenemos en mente una misma meta; y es la de ser las representantes del nombre Adkinson y del padre y la madre que nos criaron a todas. Es de esa misma forma que los distintos miembros del cuerpo de Cristo tienen roles y dones diferentes, pero todos trabajan para glorificar el nombre de Jesús y representar al Dios que obró nuestra redención (1 Corintios 12). Esta es una verdad bíblica hermosa: no importan las circunstancias que rodean nuestra vida, debido al amor sacrificial, incondicional e inmerecido de Jesús todos somos, sin ninguna duda, miembros de la familia de Dios. Fue ese mismo amor inexplicable lo que llevó al Dios del universo a venir y pagar el más caro de todos los precios para que pudiéramos ser redimidas y adoptadas en la familia de Dios.

Hubiera sido fácil para mi papá y mamá orar, dar dinero o ayudar a hacer los arreglos para mejorar la vida de mis hermanas. En vez de eso, (quite varias palabras aquí) eligieron tomar la carga más pesada y criar a mis hermanas como sus hijas. No importan las circunstancias que rodeen nuestra vida; debido al amor sacrificial e incondicional todos hemos sido adoptados en la familia de Dios. De modo que mi oración para todos nosotros es que tomemos esta verdad y la compartamos con el mundo a través de la vida que vivimos y el amor que compartimos.

Durante mi primer semestre en la Universidad Bautista de las Américas, la doctora Nora Lozano, mi profesora favorita, me invitó a ser parte del Instituto Cristiano para Líderes Latinas. Debo admitir que eso me sorprendió porque no soy Latina. Sin embargo, debido a mi respeto por la doctora Lozano, asistí al entrenamiento y tomé ese curso en el siguiente semestre. Me adoptaron en la familia de CLLI (por sus siglas en inglés) como una Latina de corazón con mucho amor y apoyo. He crecido inmensamente por ser parte de esta maravillosa comunidad Cristocéntrica. Puedo decir con plena confianza que las mujeres que me adoptaron allí me van a animar y alentar a seguir de todo corazón al Señor y a su llamamiento en mi vida. Estoy orgullosa de representar a mi dulce Salvador Jesús como una Latina de corazón.

Jana Atkinson es una alumna de tercer año en el Instituto Cristiano para Líderes Latinas, y de último año en la Universidad Bautista de la Américas, especializándose en Biblia y Teología. Después de graduarse va a continuar estudiando en el Seminario Logsdon para obtener su Maestría en Divinidades.

LA MESA DONDE SIEMPRE HAY GENTE COMIENDO

Por Roz Garcia

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“¡Ya sé dónde vives! ¡En la casa de la mesa donde siempre hay gente comiendo!”. 

Eran mis primeras salidas de adolescente. Tenía unos 12 años. Me emocioné al escuchar que el muchacho con quien coqueteaba ¡sabía dónde yo vivía! Pero nunca imaginé oírlo decir: “¡en la casa de la mesa donde siempre hay gente comiendo!”. ¡Me quise morir de vergüenza!

Sí. Así nos conocían en el barrio en Monterrey.

En la cocina de la casa de mis padres hay una mesa redonda color café con 6 sillas. En el techo arriba de ella hay un abanico con un foco amarillo que refresca en los días de verano y alumbra por la noche. Está ubicada frente a una ventana que da a la cochera de la casa; parece vitrina de tienda. A cualquier hora se puede ver a alguna persona sentada allí: leyendo, comiendo, conversando, riendo. Ese es y será el punto de reunión. Extraño esa mesa.

¡Cuántos recuerdos de vivencias en esa mesa! Había lugar para las personas que quisieran acercarse, donde serían tratadas como mis “hermanos y hermanas”. Aprendí a llevar esa “hermandad” a mi vida y compartirla con quienes se sientan a la mesa. 

En nuestra mesa habrá provisión para mi hermano y mi hermana…

Jamás ha faltado comida ahí. Mi mamá es muy buena cocinera. Yo nunca he logrado cocinar como ella, pero lo que sí le aprendí muy bien fue a jamás dudar de la provisión de Dios para poder compartir, aun cuando yo pensara que la comida era insuficiente. Así como Jesús repartía comida mientras amaba, y sobraban cestas de alimento, puedo comprobar diariamente los milagros de su provisión.

 Jesús les dijo:

—Denles ustedes de comer.

—Pero lo único que tenemos son cinco panes y dos pescados —le respondieron—. ¿O esperas que vayamos y compremos suficiente comida para toda esta gente? Lucas 9:13, NTV

En nuestra mesa habrá enseñanza para mi hermano y mi hermana…

Durante mi etapa de estudiante, cuando mi hermana y yo regresábamos de la escuela nos sentábamos a comer en esa mesa mientras mi mamá nos preguntaba sobre nuestro día. Era un momento de platicar y completar nuestras tareas. Pasaban las horas y seguíamos allí estudiando.

Hoy seguimos aprendiendo en la mesa. Saboreando café compartimos diversos temas y la Palabra de Dios. Tenemos libertad para leer, meditar, preguntar y debatir la Biblia para conocerla en una forma más personal diariamente.

El temor del Señores la base de la sabiduría.Conocer al Santo da por resultado el buen juicio. Proverbios 9:10,  NTV

En nuestra mesa siempre habrá comunión sin discriminación para mi hermano y mi hermana…

Mis recuerdos de reuniones familiares son con pleitos por tener una silla en la mesa de la gente adulta. Todos queríamos sentarnos allí y era chistoso ver sillas amontonadas o dos sentados en un mismo asiento para poder así estar presentes. Era un momento donde todos éramos iguales. Allí no había discriminación: joven, adulto, mujer u hombre; simplemente éramos “tribu”.

Hoy puedo seguir teniendo comunión en nuestra mesa con todas aquellas personas que quieren formar parte de nuestra “tribu”, entendiendo la diversidad en la creación de Dios y tratándonos con respeto y valor.

 Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Gálatas 3:28,  NTV

En nuestra mesa seremos servidores de mi hermano y mi hermana…

Otro recuerdo es ver a mi mamá haciendo los preparativos: acomodando mantelitos, servilletas, vasos, cucharas y todo aquello que pudiera necesitarse al sentarnos allí. El ver la mesa toda hermosa era como una invitación a sentarse y disfrutar. Ella se la pasaba preguntando si nos hacía falta algo, si queríamos una tortilla, más sopa, otro taquito… Me sentía importante cuando mamá me atendía.

Ahora, cuando recibo visitas en mi casa me propongo hacer que las personas que llegan sientan que son especiales. Trato de ser amable y ayudarlas para que estén a gusto. Jesús servía, y él es mi ejemplo. ¡Qué gran bendición es poder hacerlo!

 Pero entre ustedes será diferente. El que quiera ser líder entre ustedes deberá ser sirviente. Mateo 20:26, NTV

En nuestra mesa habrá inclusión para aquellos hermanos y aquellas hermanas que se sientan solos y que necesiten que se les escuche…

En la mesa de mis padres compartí situaciones que me molestaban o me dolían. Allí también  escuché a mis amigos hablar sobre sus situaciones de vida, estando presente cuando necesitaban que se les escuchara. Sabían que ahí se les escucharía sin ser juzgados. A veces solo se les escuchaba en silencio. Otras veces oía la voz de mis padres cuando no estaban de acuerdo con algo, o la voz de mi hermana al darme consejos. Aprendí que mi voz, y la voz de otras personas, eran importantes. Era una mesa para ser incluyente con “mi hermano o mi hermana” que llegaba con cansancio, desgaste, y con falta de aceptación en su familia o comunidad. Fue la mesa donde nació mi anhelo de ayudarles a ver la esperanza que tenemos al conocer a Jesús, y de poder compartir lo que Dios nos enseña acerca de nuestro valor, su amor al darnos vida y amar.

Luego dijo Jesús: «Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso. Mateo 11:28, NTV

En nuestra mesa habrá amor y misericordia para mi hermano y mi hermana

El amor requiere decisión. En días de dolor y heridas nos cuesta amar. Pero en nuestra mesa decidimos amar.

Sigan amándose unos a otros como hermanos. Mateo 11:28, NTV

¡Cómo extraño esa mesa! Pero hoy tengo una mesa a donde me puedo acercar. Es nuestra mesa de reuniones del CLLI. Una mesa donde vivimos la hermandad, teniendo amor y misericordia entre nosotras. Mesa de inclusión donde nuestra voz resuena fuerte. Mesa de servicio usando nuestros dones. Mesa de comunión sin discriminación donde nos enseñamos unas a otras. Y, sobre todo, una mesa de provisión donde podemos experimentar lo que Dios ha estado haciendo en cada una de nosotras. 

Me siento orgullosa de sentarme a nuestra mesa. Una mesa donde siempre hay gente comiendo, ¡pero comiendo la Palabra de Dios!

Roz Garcia es la Coordinadora de CLLI Metepec, México, y es graduada del CLLI Monterrey Mex. 2018.

La hermandad no nace, se hace.

Por Mónica Salinas

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¿Te puedes imaginar una mesa redonda con once niñas de entre cinco y diecisiete años comiendo juntas? Cualquiera pensaría que se trata de una fiesta de cumpleaños infantil, pero no, esa era la dinámica diaria en la casa de la familia Salinas. 

Soy la número diez de once hermanas. Haber crecido rodeada de ellas, cada una única y diferente, fue una bendición. Aunque debo confesar que no siempre las cosas fueron bien entre nosotras y que a veces no supe apreciar el regalo que Dios me había dado. Como en todas las familias, debido a diversos factores o circunstancias, a veces se daban tensiones entre nosotras. 

En mi caso, tuve dificultad para relacionarme con una de mis hermanas mayores. La diferencia de edad y circunstancias dolorosas influyeron para que eso ocurriera. Adicionalmente, al no ser ella creyente, nuestros valores y manera de pensar eran diferentes. Como resultado, nuestra relación de hermanas fue muy distante por años. De mi parte, el resentimiento por cosas del pasado fue lo que me motivó a mantenerme distante de ella. Aunque no fui la única con quien mi hermana tuvo dificultades, sí fui quien más se mantuvo distante. 

Muchas veces el Espíritu Santo me redargüía para que buscara una reconciliación con mi hermana, y aunque sabía que debía hacerlo, no tenía el valor, o no sabía cómo hacerlo. Quizás tú te puedas identificar conmigo. 

Al comenzar a orar por ella, comprendí que en su corazón también había mucho dolor y que mi hermana y yo nos necesitábamos. Poco a poco, Dios me permitió amar a mi hermana tal como era. Fue hasta ese momento, que el pasado quedó atrás y tuve valor para buscarla y pedirle perdón. Nos perdonamos y desde entonces (aunque siguen las diferencias) hemos cultivado una relación de hermanas. Ahora puedo decirle y mostrarle que la quiero y que me importa. 

No estoy compartiendo esta historia para ponerme como el ejemplo de la “hermana perfecta”. Más bien, quiero resaltar el hecho de que el ser hermanas de sangre no garantiza que nos tratemos como verdaderas hermanas. Se necesita amor, humildad, intencionalidad y valor para acercarnos a quienes nos lastimaron en el pasado, o con quienes, aun siendo de la misma sangre, es difícil relacionarnos. 

La hermandad requiere intencionalidad. En mi país hay un dicho que dice “un líder no nace, se hace”. Creo que eso es verdad también para la amistad que se convierte en hermandad. Los lazos de amor, afecto y compromiso que unen, se deben construir. La hermandad se hace cuando decidimos ser la clase de persona que ama y se da. La que escoge permanecer cuando todas las personas se han ido, la que extiende la mano aun cuando no tiene nada más que una mano que dar. 

Esa es la clase de hermandad que encontramos en la biblia entre Rut y Noemí. Contrario a todo pronóstico, la relación entre nuera y suegra llegó a ser tal, que aun cuando ya no había lazos legales que las unieran, Rut decidió renunciar a volverse con su familia de sangre, y permaneció con Noemí. Decidió correr la misma suerte que su suegra en un país extraño, aunque eso implicaba que sus posibilidades de volverse a casar y formar una familia se reducirían.

Al parecer, los lazos que unían a Rut y a Noemí ahora eran más fuertes que su relación inicial de parentesco. Quizás las circunstancias difíciles de la vida las habían unido más. Al llegar a Judá, Rut trabajó duro para llevar de comer a su suegra y un tiempo después, juntas hicieron un plan para que Rut se pudiera casar. La historia termina con el casamiento de Rut con Booz y el nacimiento de su hijo Obed. 

No todas las historias de hermandad terminan con un final feliz como éste. De cualquier forma, es importante resaltar aquí el amor y compromiso que Rut y Noemí tenían para buscar el bien de la otra, y el precio que Rut estuvo dispuesta a pagar por continuar la relación con su suegra. Nada de esto sucedió por casualidad o por la relación legal y formal que habían tenido como nuera y suegra, sino porque Rut procuró que así fuera y se volvió como una hija para Noemí. 

A lo largo de nuestra vida, Dios nos da oportunidad de conocer a personas que llegan a ser tan cercanas o más que nuestros propios familiares. A veces llegan a nuestra vida como un consuelo en tiempos de dolor o necesidad. Otras veces, nos toca a nosotros mostrar nuestra amistad y ser ese “amigo que es más unido que un hermano” (Proverbios 18:24). 

Desde que me casé, he vivido lejos de mi familia de sangre. Como esposa de pastor también he experimentado la soledad del ministerio. Recuerdo que, en el 2012 en particular, estando lejos de mi país de origen y sin entender muy bien el idioma, estaba pasando por un tiempo de dificultad. Sintiéndome muy sola, asistí a mi primer entrenamiento del CLLI y allí encontré lo que tanto necesitaba. Además de recibir una gran dosis de afirmación de parte de Dios y entender mi llamado, Dios me regaló tres lindas amigas que fueron para mi como hermanas en tiempo de necesidad. Mi vida después de esa experiencia nunca fue igual. Era como si Dios hubiera preparado una hermosa sorpresa que llenaría mi corazón de esperanza, me renovaría las fuerzas y me daría claridad para entender el propósito por el cual me trajo hasta aquí. Doy gracias a Dios por la bendición de ser parte del CLLI pues este ministerio, además de capacitar y empoderar a las mujeres cristianas, les provee espacios apropiados para la hermandad. 

Es claro que la hermandad no nace sola, sino que se hace y se construye al tomar la iniciativa de crear espacios donde se busca el bien de la otra persona. Es en estos espacios intencionales donde una amistad crece y florece, para convertirse en una hermandad hermosa, poderosa, y llena de bendición.

Monica Salinas serves as the Administrative Associate of CLLI and is a graduate of our program.

Las diferentes caras de la hermandad entre mujeres (*)

Por Becky Klein

Traducido por Alicia Zorzoli

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¿Qué es eso de la hermandad entre mujeres? En mi experiencia ha sido la bendición de contar con una o más mujeres que tienen un vínculo en común, que comparten confidencias sin emitir juicios ni violar la confianza, y que brindan esperanza y alivio cuando alguien enfrenta tiempos de dificultad, confusión o tristeza.

A lo largo de los años encontré este tipo de relación en ciertas instancias particulares que fueron y siguen siendo muy importantes para mí. Una de esas situaciones ocurrió siendo militar cuando me enviaron al Medio Oriente. Fui una de solo dos mujeres en mi unidad militar. Llegué a una tierra extraña sin conocer a nadie más que mi colega femenina. Muy pronto no solo nos hicimos amigas sino que también lo hicimos con las pocas otras mujeres en uniforme que vivían en aquel campamento militar. Juntas experimentamos las realidades diarias de la vida militar como acostumbrarnos a usar las letrinas y a ducharnos una vez por semana. También compartíamos nuestra preocupación por nuestros hijos y demás familiares al otro lado del mundo. Nos ocupamos de mantenernos al mismo nivel físico de nuestros colegas varones. Compartíamos intereses similares respecto a nuestros hábitos alimenticios, manteníamos nuestra carpa lo más ordenada posible, y hasta nos ocupábamos de esas “necesidades” pintorescas como la de asegurarnos de que las uñas de nuestros pies estuvieran bellamente pintadas dentro de las duras botas militares. Sobre todo, debimos acostumbrarnos a una tierra que segregaba a las mujeres en los lugares públicos, que limitaba nuestras actividades como manejar o ir al gimnasio, y que nos restringía forzadamente en lo que podíamos vestir cuando salíamos de la base militar.

Ninguna de nosotras sabía lo que nos iba a pasar al día siguiente debido a los alertas diarios de misiles que nos sobrevolaban o a las amenazas diarias de una guerra química o biológica. Era reconfortante tener un grupo de mujeres que experimentábamos juntas estas presiones y anormalidades. Esto aumentaba nuestra confianza unas en las otras y también en nosotras mismas. Nuestra hermandad era un refugio seguro frente a las amenazas existenciales y externas.

Este mismo vínculo de hermandad entre mujeres lo experimento en mi lugar de trabajo. Más del noventa y cinco por ciento de las personas que empleo son mujeres. Esto no es porque lo haya premeditado sino porque las mujeres que se presentan en mi órbita de trabajo demuestran ser las más calificadas y experimentadas para la tarea. Además, las otras empresas que comparten el área de mi oficina están dirigidas por mujeres que también han empleado principalmente a mujeres. Durante los últimos doce años este grupo de profesionales femeninas nos hemos reunido para aprender unas de las otras tanto en lo profesional como en lo personal.

Por ejemplo, la semana pasada quince de nosotras nos juntamos en la oficina a la hora de la comida para comer y, al mismo tiempo, escuchar a una autora que nos enseñaba lo que significa para una mujer el llegar a ser financieramente sabia e independiente. Compartimos experiencias y preguntas en cuanto a nuestras relaciones y puntos de vista respecto al dinero. Muchas veces es difícil conversar sobre este tema con nuestros seres queridos, y mucho menos con nuestros colegas en la oficina. Sin embargo, como una hermandad de mujeres profesionales, nos sentimos seguras para compartir conversaciones sensitivas y preocupaciones financieras personales. Dejamos esa comida sintiéndonos más enriquecidas al haber aprendido de unas de las otras respecto a nuestras tribulaciones y nuestras fortalezas.

El Instituto Cristiano para Líderes Latinas (CLLI por sus siglas en inglés) brinda ese mismo tipo de experiencia de hermandad entre mujeres. Sin embargo, dado que el fundamento de esta institución está basado en el poder, la gracia y la sabiduría de la Palabra de Dios, esta hermandad es una experiencia mucho más profunda. No se trata simplemente de compartir vínculos geográficos debido a amenazas externas. Es más que juntarnos porque tenemos metas y afinidades en lo profesional.

CLLI crea una red de mujeres que andan a la luz del Espíritu Santo y demuestran el amor de Cristo; un amor que no cambia a pesar de las circunstancias, el tiempo o la distancia. La hermandad de CLLI provee un lugar donde aprender mediante la gracia y el empoderamiento. Este grupo entiende que cada una somos eternas y somos un reflejo de Dios. No se trata de estar unidas debido a las situaciones externas de la vida, sino que significa estar conectadas desde ese punto muy dentro de nosotras mismas que anhela conocer profundamente a nuestro Creador, y compartir unas con otras el propósito de Dios para cada una en esta dimensión de la vida.

Es mi deseo que tú hayas tenido una experiencia de hermandad entre mujeres. Pero más que esto, es mi oración que te sientas llamada a entrar en la hermandad de CLLI para crecer con nosotras mientras aprendemos a liderar en el poder y la gracia de Dios.

(*) Nota de la traductora. Últimamente se está usando el término sororidad como el relativo al vocablo inglés sisterhood. El Diccionario de la RAE define sororidad como “Amistad o afecto entre mujeres. Relación de solidaridad entre mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento”. Dado que todavía su uso no es generalmente conocido preferimos usar la frase “hermandad entre mujeres” para traducir sisterhood.



LA AMISTAD Y LOS CHILES RELLENOS

Por Raquel Contreras

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Una de las cosas que más disfruto de ser latina es la libertad que tenemos para llegar a la casa de nuestra familia o amistades y quedarnos conversando por horas. La sobremesa en nuestras reuniones familiares es una tradición que nos une y ayuda a disfrutar la vida y recuperar nuestra historia.

Creo que las mujeres latinas practicamos esto con mucha gracia y fuerza todo el tiempo. Cada vez que alguien llega a nuestra casa, lo primero que preguntamos es: ¿te puedo servir un vaso de agua? ¿un café? Este sentido de hospitalidad a través de la comida, por muy simple que sea, trae una relación de acercamiento que produce un fuerte sentido de hermandad.

En mi país, Chile, tenemos una frase entre mujeres, que a todas nos hace mucho sentido: “Conversémonos un café”. Eso quiere decir, sentémonos, tomemos un café y hablemos de la vida. Practiquemos la amistad.

Este sentido de amistad (hermandad) en torno a la mesa es una realidad muy presente en la vida de la mujer latina. Es interesante que, aunque tengamos trabajos fuertes que requieren de mucha diligencia de nuestra parte, aunque usamos nuestra mente para cálculos matemáticos o para tomar decisiones trascendentes para otras personas o en empresas, nos sentamos en la mesa con nuestras amigas y conversamos de las cosas simples de la vida. ¿Cómo haces tú los chiles rellenos? ¿Dónde compras tu ropa? ¿A qué jugabas cuando eras niña? 

La mesa de la mujer latina es un espacio que llenamos con nuestro sentido de hermandad, de amistad, de aprender la una de la otra.

Me encanta pensar que Jesús practicaba esto siempre. Lo vemos sentado a la mesa de las personas que no tenían muy buena reputación pasando un rato alegre, lo vemos sirviendo el desayuno para sus amigos después de que ellos pasaron una larga noche trabajando, lo vemos dando de comer a más de cinco mil personas cansadas que había invitado a seguirle, y especialmente lo vemos dando instrucciones para que lo recuerden cada vez que tomamos el vino y comemos el pan. ¡Qué hermoso! La mesa y lo que sucedía en torno a ella era algo vital para Jesús y sus amigos. 

Y no podemos dejar de reconocer que las primeras personas cristianas vivieron y experimentaron esto a plenitud, cuando vemos lo que describe Hechos 2:46,47.  “…participaban de la comida con alegría y con sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo el favor de todo el pueblo”. RVA 2015

Ese sentido de “alegría y sencillez de corazón” es hermoso para mí, digno de ser imitado. Nuestro sentido de hermandad siempre debe traer a nuestras vidas alegría, esa alegría de vivir que sólo nos trae la gracia de Dios. Y más todavía, nuestra hermandad debe ser inclusiva, alegre, compasiva, de alabanza a Dios. 

Me emociona pensar que nuestra hermandad debe ser una invitación a formar parte de nuestros núcleos, de tal manera que también podamos tener favor con todas las personas. Porque como dice la parte final del versículo 47 “Y el Señor añadía diariamente a su númerolos que habían de ser salvos.” En otras palabras, nosotras nos ocupamos de disfrutar la amistad, disfrutar la compañía de las demás personas, (en torno a la mesa comiendo chiles rellenos con queso) y el Señor se encarga del evangelismo.

¡Que bendición es ser latina y poder disfrutar la vida de esta manera!


La Fuerza de la Hermandad

Por Patty Villareal

Traducido por Alicia Zorzoli

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La palabra “fuerza” transmite imágenes de poder y confianza. Dios provee personas, hombres y mujeres, que se cruzan en nuestro camino con una fuerza que maximiza nuestro potencial dado por Dios. Ese poder y esa confianza nos da el valor de actuar para lograr nuestro sueño.

A veces las mujeres tendemos a gravitar más hacia otras mujeres, nuestras hermanas. En mi caso, que es similar al que Alicia Zorzoli describió en el blog del mes pasado, yo no tuve hermanas carnales. Durante mi infancia y juventud sentía envidia de mis amigas que tenían hermanas. Podía ver ese vínculo especial entre ellas. Siempre tenían quien las acompañara cuando salían a otros lugares. Compartían secretos íntimos y se protegían mutuamente. Por supuesto, se peleaban, pero, ¿qué hermanas no lo hacen? Siempre me pregunté cómo sería tener una hermana.

Por la gracia de Dios, cuando conocí a Cristo él me dio montones de “hermanas”. Inmediatamente heredé un mundo de “hermanas”. Tengo el privilegio de compartir un vínculo especial con muchas de ellas. Tengo “hermanas” a quienes contarles mis confidencias y que ellas me las cuentan a mí. Tengo “hermanas” que me protegen, y lo las protejo. Tengo “hermanas” que caminan a mi lado en mi relación con Cristo, y yo camino con ellas para vivir una vida más abundante. Mi vida es muy bendecida gracias a mis “hermanas”. 

Mi sueño y el deseo de mi corazón siempre ha sido descubrir y alentar lo mejor en las demás personas. En mis muchos años como líder, y en mi profesión de trabajadora social, me cruzo con gente que no está consciente de sus dones y talentos. Me encuentro con algunas personas que no tienen confianza en sí mismas, y esa percepción limitada de sí mismas les impide ver cuán valiosas son para Dios.

La misión de mi vida incluye “eliminar las barreras que obstruyen el potencial dado por Dios a los niños y sus familias”. El Señor me ha guiado y permitido hacer esto en la vida de individuos, familias, iglesias y sistemas. Gracias a Dios no lo hice sola. Casi siempre soy parte de un grupo de colegas, o de una comunidad que trabaja para encontrar formas de eliminar esas barreras para las familias; y muchas veces lo hago junto con mis “hermanas”.

¡Eso ya es toda una bendición! Sin embargo, hay una bendición extra que viene cuando recorro esa senda junto a otras personas creyentes. A menudo viene con, y a través de, mis “hermanas” que tienen un mismo trasfondo y una misma comprensión del amor de Cristo hacia nosotras y hacia otras personas. Mis “hermanas” aportan una perspectiva como la de Cristo en la tarea de animar y eliminar las barreras. Muchas veces es un proceso de aprendizaje para un grupo de mujeres de Dios que buscan juntas hacer su voluntad.

El Instituto Cristiano para Líderes Latinas (CLLI por sus siglas en inglés) nació de esa forma. Desde el deseo y la visión de hacer realidad lo mejor en las demás personas y en las comunidades, la semilla de CLLI comenzó en colaboración con una hermana con ideas similares, la doctora Nora Lozano. Partiendo de la base de nuestra amistad y hermandad, en otoño de 2005 las dos líderes latinas comenzamos a soñar y planificar un movimiento para ayudar a otras líderes latinas a maximizar el potencial que Dios les dio. Dios usó conversaciones divinas, nuestras redes y el aliento mutuo a medida que la doctora Lozano y yo comenzamos el proceso de crear y desarrollar juntas este Instituto.

Esto no lo hicimos solas. En estos últimos 14 años Dios trajo a personas amigas, consejeras, consultoras y facultad para trabajar con nosotras.

El concepto inicial de CLLI ahora ha madurado hasta llegar a ser una institución sin fines de lucro, con una Directora Ejecutiva y una Junta Directiva que dirigen nuestra organización. No solo enseñamos a latinas sino también a “latinas de corazón” de las cuales también aprendemos. Todas son mujeres dotadas que siempre nos bendicen mientras continuamos progresando en el Instituto.

Mi amistad y hermandad con Nora Lozano continúa creciendo mucho más allá de los lazos con CLLI. Encontré una cita de Sabrina Newby, CEO y fundadora de la Cámara de Minorías de Georgia, que describe nuestra relación:

“Yo estoy orgullosa de ella, y ella está orgullosa de mí. No hay competencia, mala voluntad, envidia o celos. Somos mujeres seguras, confiadas, que hacemos cada una lo nuestro mientras nos apoyamos mutuamente”.

A eso lo llamo “verdadera hermandad”. Y es mi oración que quienes leen este blog tengan este tipo de hermandad con otras. Que sean mujeres seguras, confiadas, que hacen cada una lo suyo mientras se apoyan mutuamente.

Creo que es casi imposible llegar a ser lo mejor que podamos sin ser parte de una comunidad de “hermanas”. Esta hermandad es un regalo de Dios. Una hermandad está formada por mujeres conectadas genéticamente o por su fe en Cristo, que quieren y pueden caminar a tu lado, alentarte, compartir confidencias y protegerte.

La Biblia habla sabiamente de la importancia de vivir y servir en comunidad: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (Eclesiastés 4: 9, 10). El pasaje continúa diciendo: “También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (Eclesiastés 4: 11, 12). El poder de la comunidad es verdaderamente importante en la Biblia.

Si tienes la bendición de tener una comunidad de “hermanas” a tu alrededor, dale gracias a Dios y no dejes de alimentarla. Si no la tienes, ora pidiendo tenerla. Toma la iniciativa; empieza siendo una buena “hermana” para otras mujeres y, a su tiempo y con la bendición de Dios, podrás disfrutar las riquezas de tener una hermana o una comunidad de hermanas a tu alrededor.

En CLLI nos esforzamos por ser esa comunidad de líderes; una hermandad que se alienta mutuamente en su trayectoria de liderazgo. Al continuar ofreciendo entrenamientos en diferentes sedes, por favor considera unirte a nosotras y ser parte de esta comunidad que nos vincula para lograr la excelencia en Dios.

Patty Villareal, LMSW, Co-fundadora de Instituto Cristiano para Líderes Latinas y profesora auxiliar en la Universidad Bautista de las Américas.

La Fraternidad: Un Privilegio Como Pocos

Por Alicia Zorzoli

Marzo, 2019

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Yo no tuve una hermana. Tengo dos hermanos a quienes amo con todo mi corazón, pero me hubiera gustado tener una hermana; una niña con quien jugar, con quien contarnos secretos, con quien pelear, con quien compartir sueños, con quien intercambiar ropa, una a quien contarle del chico de la escuela que me gustaba. 

Y no soy la única que siente así. En estos días fuimos testigos de una experiencia maravillosa. Una miembro del grupo de mujeres que nos reunimos semanalmente para estudiar la Biblia, recibió como regalo de Navidad el kit para el estudio de su ADN. Ella había sido adoptada de pequeña y no sabía nada de su familia biológica. Como resultado de la prueba, encontró que ¡tiene una medio-hermana! Ambas se comunicaron, y la semana pasada se encontraron. Fue maravilloso verlas juntas. No se podían separar. En su testimonio, la hermana de mi amiga contó que durante toda su vida anheló tener una hermana. Y ahora Dios le había concedido su sueño. 

En mi caso, con los años mis dos hermanos se casaron y me hicieron el mejor de los regalos: dos cuñadas a quienes amo como si fueran mis hermanas. Aunque vivimos muy distantes, con ellas puedo conversar por horas y lo disfrutamos muchísimo.

Estos dos ejemplos se reúnen en una sola palabra: fraternidad. El diccionario la define como “amistad o afecto entre hermanos o entre quienes se tratan como tales”. El efecto de este sentido de fraternidad puede verse tanto entre dos personas como en un grupo. Y el impacto que produce en la vida de las personas es tremendo, y especialmente en nosotras como mujeres. Sea una fraternidad de sangre o afectiva, la influencia de ambas o de varias entre sí puede llegar a ser poderosísima. 

Hay un elemento fundamental que integra el ADN de esto que llamamos fraternidad. Sea que se trate de la relación entre dos personas o entre un grupo de ellas, y aunque ninguna pierde sus características distintivas individuales, debe existir un punto de contacto. Tiene que haber algo que las conecta entre sí. Pueden ser parentesco, intereses comunes, gustos similares o vocaciones comunes.  En mi caso la conexión se dio en la forma de un parentesco, aunque no sanguíneo, con mis cuñadas. En el caso de mi amiga, el punto de contacto fue de sangre cuando ambas descubrieron que eran hijas del mismo padre.

Yo encuentro un ejemplo de esto en Lucas 8:1-3. Lucas presenta a un grupo de discípulas de Jesús. Ellas iban, junto con Jesús y los doce apóstoles “de ciudad en ciudad y de aldea en aldea” (v. 1) siguiendo a su Maestro, aprendiendo de él y sirviéndole con sus bienes. De tres de ellas sabemos sus nombres: María Magdalena, Juana y Susana; pero Lucas añade que había “muchas otras” (v. 3). Son mujeres muy diferentes entre sí. Algunas habían sido sanadas físicamente; otras habían sido liberadas de malos espíritus; algunas, como Juana, provendrían de una clase alta en la escala  social; otras serían lo que llamamos “ilustres desconocidas”. Cada una de estas discípulas tenía una historia que contar; un “antes” de su encuentro con el Maestro. Pero el encuentro con Jesús y su obra poderosa en la vida de cada una de ellas fue su “punto de contacto”, fue lo que estableció la conexión entre ellas, lo que creó la fraternidad. El Comentario Bíblico Mundo Hispano lo expresa con una frase simple pero profunda a la vez: todas ellas “habían sido igualmente perdonadas”. Ahí está el punto de contacto; esa fue su conexión. 

Yo no me puedo imaginar a un grupo así de mujeres caminando juntas, recorriendo kilómetro tras kilómetro por días, meses y hasta años, y sin verlas conversando entre ellas. Probablemente al principio no se conocían entre sí, pero no habrá pasado mucho tiempo sin que empezaran a presentarse, a preguntarse sus nombres y a compartir su experiencia de cómo habían llegado a ser discípulas de Jesús. ¡Eso también está en nuestro ADN como mujeres!  Es decir, es fácil imaginar que se debe haber creado esa “amistad o afecto entre hermanos o entre quienes se tratan como tales” que define a la fraternidad. 

Quisiera traducir la experiencia de ese grupo descripto en el Nuevo Testamento presentando a un grupo de nuestro tiempo del cual me siento honrada de ser parte. Me refiero a una institución llamada “Instituto Cristiano para Líderes Latinas” (CLLI por sus siglas en inglés). Se trata de un programa académico de tres años de duración cuyo objetivo es transformar la vida de las mujeres en el nombre de Jesús al empoderarlas como líderes cristianas latinas, o latinas de corazón, para ser agentes de cambio en el micro o macro cosmos en el que les toca actuar. A través de sus más de 13 años de existencia, CLLI ha sido el lugar de encuentro de líderes cristianas que no solo recibieron instrucción académica para ser las mejores líderes en su campo sino que también recibieron modelos a seguir de parte de instructores y compañeras de trayectoria y, además, recibieron el beneficio de la influencia y las experiencias compartidas entre sí.

Hace pocos días me reencontré con una de mis ex alumnas de ese programa: Ana Castellano de Jiménez, quien me expresó que CLLI fue quien la impulsó a proseguir sus estudios luego de graduarse de la universidad. Ya casada, con tres hijos y con la dificultad de que el inglés no es su idioma natal, decidió esforzarse por obtener una maestría. ¿El resultado? Pues que alcanzó no uno sino dos títulos: una maestría en Ministerio Cristiano y la otra en Consejería Cristiana. Pero allí no termina la historia; ahora Ana está cursando sus estudios de doctorado para obtener el título de Doctora en Educación. Ana reconoce a CLLI como la fuerza que Dios usó para animarla a progresar en su liderazgo prosiguiendo sus estudios para poder ser la mejor líder cristiana en su campo y ejercer una influencia que deje huellas en muchas vidas.

Sí, es verdad que no tuve la hermana que hubiera querido de niña. Pero al mirar hacia atrás veo que Dios compensó ese anhelo haciendo rebalsar mi copa con una superabundancia de “hermanas”. Primero fueron mis cuñadas, después fue un verdadero ejército de mujeres con quienes tuve contacto personal en más de 50 países a lo largo y ancho del mundo cuyos lazos de amistad y afecto continúan marcando mi vida, y más recientemente a través de CLLI ¡Y eso describe perfectamente lo que es una verdadera fraternidad!

Alicia Zorzoli es maestra de la Biblia y conferencista internacional, ha publicado numerosos artículos en revistas y libros cristianos. Desde hace más de diez años sirve como profesora del CLLI.

Mentoras en el camino del dolor

Por Anyra Cano

Traducido por Alicia Zorzoli

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Dieciocho años atrás mi vida se encontraba como en el fondo enlodado de un pozo. Había experimentado un tiempo de trauma físico y emocional. Anhelaba una comunidad que me ayudara a salir del dolor que me envolvía. Dios fue bueno conmigo al brindarme una red de personas que me inspiraron, me desafiaron, me alentaron y oraron por mí. A través de cada una de ellas Dios fue restaurando mi vida. Esta experiencia me enseñó una lección invalorable en cuanto a la mentoría y la hermandad entre mujeres.

Doy gracias por varias mujeres sabias en  mi vida que se tomaron el tiempo para escucharme y animarme. Su sabiduría y su obra como mentoras me ayudaron a recuperar mi confianza en Dios y a descubrir un sendero nuevo para acercarme a él.

Esta actitud de mentoras y de hermandad que encontré en diferentes mujeres me recuerda la historia bíblica de Noemí y Rut quienes, aunque no tenían un parentesco de sangre, desarrollaron un vínculo tan fuerte entre suegra y nuera que fue capaz de llevarlas a un lugar seguro. Es una historia hermosa de dos mujeres que debieron soportar un dolor y una pena muy grandes que las dejó vulnerables y las llevó a viajar juntas de regreso al país de Noemí. En ese viaje Noemí se convirtió en la mentora de Rut quien aceptó confiadamente seguir las sugerencias de Noemí.

Así como Rut encontró su mentora, Noemí, en medio de un tiempo de pérdida, yo encontré a mi mentora también en medio de un tiempo de tristeza profunda. Su nombre es Alicia Zorzoli. Como una forma de respeto y honor yo la llamo “hermana Alicia”. Ella no es mi hermana biológica, pero es mi hermana en Cristo.

Conocí a mi hermana Alicia en El Paso, en una pequeña iglesia hispana en donde ella era una líder. Me estaba preparando para mudarme a San Antonio a comenzar mis estudios para el ministerio vocacional. Recuerdo haber compartido a la hermana Alicia que me sentía muy indigna  de ir a esa universidad cristiana. La respuesta poderosa y compasiva que recibí de ella la llevo grabada en mi corazón por los últimos 18 años: “No tienes que tener vergüenza. Considera lo que has pasado como parte de la preparación que Dios tiene para ti para servir en el ministerio. Lo que tú viviste te va a ayudar a ministrar a otras personas que estén pasando por situaciones similares”.

Después de la universidad perdí el contacto con la hermana Alicia, pero sus sabias palabras  permanecieron conmigo y continuaron guiándome. Su sabiduría resonó tan profundamente en mi alma que llegó a ser el marco de mi ministerio. Y, eventualmente, la profecía de la hermana Alicia llegó a ser una realidad en mi vida cuando yo también me convertí en mentora. Ese día descubrí que Dios iba a redimir mi historia y transformarla en una que sería una puerta para que otras también experimentaran la misericordia y el amor incondicional de Dios.

Hace unos nueve años Dios trajo a mi vida a una jovencita de 16 años: Itzayana. Ella se hizo miembro de la iglesia donde yo soy la ministro de jóvenes. Itzayana era tímida y callada, pero le encantaba aprender y servir. Entre nosotras se fue formando un vínculo muy especial y comencé a ser su mentora en varias áreas de ministerio y liderazgo. Yo la reclutaba para que estuviera a mi lado como voluntaria, y la llevaba conmigo a todas las reuniones y los entrenamientos donde yo participaba.

Durante la escuela secundaria Itzayana trabajó mucho porque quería obtener becas para la universidad. Se había formado grandes proyectos para poder ir a la universidad de sus sueños. Lamentablemente no podía acceder a ninguna de esas becas. Itzayana se sintió completamente derrotada y desalentada. Comenzaron a resurgir muchos problemas que habían estado encubiertos. Recuerdo sus muchas llamadas telefónicas con una voz perturbada y llena de dolor.

Así como la hermana Alicia me había animado, yo animé a Itzayana. Eventualmente se inscribió en la Universidad Bautista de las Américas (BUA por sus siglas en inglés), donde en menos de tres años obtuvo el título de Liderazgo Empresarial. Y en este próximo mes de mayo Itzayana va a obtener su maestría en Administración de Empresas.

Nuestro vínculo de hermandad y mentoría me permitió ver cómo esta jovencita se desarrollaba hasta llegar a ser una líder fuerte, respetada y amada por muchos en nuestra comunidad. Itzayana me llena de gozo y admiración. Hoy es una líder en la iglesia, y ha crecido tanto en su ministerio que estoy convencida de que puede manejar la iglesia por sí sola.

Después de diez años la hermana Alicia y yo volvimos a conectarnos. Ella ahora es una miembro y una líder en la iglesia donde yo sirvo. En esta nueva etapa de su vida y su ministerio ella continúa siendo una importante mentora para mí; alguien que me ama, que crece junto a mí, que me escucha, me comparte su sabiduría y me “echa porras”. Recientemente escribió un  libro de estudios bíblicos titulado “¡Dios, esto no estaba en mis planes!”. En él ella comparte del dolor que sufrió en su vida, y de cómo esos momentos la prepararon para lo que ella es hoy.

Aunque Noemí soportó una pena muy grande, también sirvió como la mentora para desarrollar a una líder en Rut cuya descendencia incluye a nuestro Salvador Jesucristo. La hermana Alicia, quien conoció la pena y el dolor, me mentoreó a mí, y hoy yo tengo el privilegio de liderar y mentorear a muchos jóvenes, como Itzayana, para que vivan el propósito de Dios en su vida.

Aunque el hecho de ser hermanas y mentoras a veces puede nacer de circunstancias dolorosas, esta trayectoria produce sabiduría, guía, recursos, gozo y esperanza para el futuro. De la misma manera que a Noemí, Ruth, Alicia, Itzayana y yo, Dios nos invita a ser mentoras y a recibir mentoría de personas llenas de fe y sabiduría que forman parte de la historia de redención de Dios.

Doy gracias por mi trayectoria. Aunque ha sido dolorosa, Dios colocó a las mentoras correctas en mi vida justo en el momento correcto.  Y así como yo recibí gratuitamente de la generación previa, también yo quiero dar  gratuitamente a la próxima generación.

¡Ciertamente el recibir mentoría y el ser mentoras son verdaderos regalos! Si tú quieres experimentar ese regalo, por favor considera unirte a nosotros en el Instituto para Líderes Latinas Cristianas (CLLI por sus siglas en inglés) donde recibirás entrenamiento espiritual, académico, empresarial, ayudas para desarrollar ministerios sin fines de lucro, y mentoras dispuestas a invertir en tu vida no importa dónde te encuentres.

Anyra Cano es la Coordinadora Académica del Instituto Cristiano para Líderes Latinas, Ministra de jóvenes de la Iglesia Bautista Victoria en Cristo en Fort Worth, TX y Coordinadora de las Mujeres Bautistas en el Ministerio de Texas.

Conversación entre mujeres: Antes y ahora

Por Nora O. Lozano

Traducido por Alicia Zorzoli

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Tengo mucho gusto en presentarles el nuevo blog del Instituto Cristiano para Líderes Latinas (CLLI por sus siglas en inglés), titulado “Tú, yo, nosotras”. El propósito de este blog es doble. Primero, está diseñado para estimular el pensamiento académico creativo y las conversaciones sobre temas relevantes a las mujeres en liderazgo, sean latinas o con un corazón latino. Estos ensayos temáticos se publicarán una vez por mes. Segundo, a medida que sea necesario se publicará material adicional con el propósito de destacar eventos significativos en la vida del Instituto.

El blog estará centrado en un tema general para cada año, y se publicará en ambos idiomas: inglés y español.

Cuando el Comité Ejecutivo de CLLI y su personal consideraron este nuevo proyecto, el tema de la hermandad entre mujeres sobresalió como favorito para el año. La razón es que, desde sus comienzos, los cursos de CLLI han sido un espacio donde estas relaciones de hermandad se creaban, se fomentaban y se desarrollaban permitiendo así que las mujeres participaran en conversaciones profundas y transformadoras. Estas relaciones han traspasado límites de raza, edad, idioma, etapas de la vida, niveles de educación y llamados al ministerio.

A veces estas conversaciones fueron difíciles y dolorosas cuando tratábamos, en grupo o individualmente, temas importantes que en ese momento parecían ser asunto de vida o muerte.

Pero en todas esas conversaciones encontramos un sentido de nueva vida, de renovación, porque Dios está en medio nuestro. El Dios de esperanza, que ve el horizonte completo de nuestra vida, es quien nos guía. Y aunque en este momento no veamos claramente, Dios ofrece una luz, pequeña quizás, para ayudarnos a continuar.

Es mi esperanza que este blog sea un espacio más donde esas conversaciones profundas, transformadoras, así como la hermandad entre las mujeres, continúen floreciendo para enriquecer nuestra relación con Dios y con cada una.

Mientras escribo esto vienen a mi mente dos mujeres de la Biblia que mantuvieron conversaciones importantes y compartieron un vínculo especial de hermandad entre sí debido a su fe y a una circunstancia común. Me refiero a Elisabet y María.

El comienzo del evangelio de Lucas narra las historias de estas dos mujeres. Elisabet y su esposo Zacarías eran personas justas que obedecían todos los mandamientos y las ordenanzas de Dios. Sin embargo, a pesar de su fidelidad, no tenían hijos porque Elisabet era estéril. La situación era difícil para ambos, pero especialmente para Elisabet. En esa época una de las funciones principales de la mujer era tener hijos, y el ser incapaz de procrear era considerado una desgracia. Además, dado que ambos eran de edad avanzada, ya habían perdido toda esperanza de superar esta situación.

Para su sorpresa, experimentaron un milagro de Dios y Elisabet concibió un hijo. Esta mujer que había sufrido dolor, vergüenza y críticas debido a su condición de estéril, ahora estaba experimentando la gracia y misericordia de Dios.  

En contraste, María era una joven, virgen, soltera y totalmente falta de preparación para tener un hijo. Ella también recibe la sorpresa de un milagro cuando Dios la encuentra apta para llevar en su vientre al Salvador del mundo. Su vida cambió para siempre desde que respondió a la anunciación del ángel: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38). 

Repentinamente esta mujer soltera se encuentra embarazada, y con un futuro esposo que no le cree la historia de su concepción mediante el Espíritu Santo (Mateo 1: 18, 19). Aunque el relato no lo menciona, me imagino que tampoco la creyeron su familia y su comunidad. De modo que es muy probable que ella también haya experimentado sufrimiento, vergüenza y crítica debido a este embarazo inesperado.

El evangelio continúa relatando que días después del anuncio del ángel, María se apuró a ir a ver a Elisabet. Es en ese momento, que las dos se encuentran para sostener conversaciones vitales. Ambas habían experimentado sufrimiento, vergüenza y críticas debido a sus embarazos. Una porque bajo ninguna circunstancia era capaz de concebir, y la otra porque bajo las circunstancias más inverosímiles estaba esperando un hijo. Diferentes circunstancias, similar pena y vergüenza, y un mismo Dios que estaba en control de sus historias y les ofrecía un sentido de esperanza mientras pasaban tres meses juntas apoyándose mutuamente.

Estoy segura de que durante ese tiempo Elisabet y María tuvieron oportunidad de compartir una y otra vez sus historias milagrosas. Quizás al hacerlo habrán encontrado un sentido de propósito y esperanza al comprender mejor cómo tanto ellas como sus hijos eran tan especiales para Dios.

Estas dos mujeres de la Biblia son ejemplo para las personas cristianas de hoy en día, al modelar conversaciones profundas que alientan una relación más fuerte con Dios y entre sí.  

Tengo la esperanza de que el lanzamiento de este blog llegue a ser un espacio donde las mujeres, siguiendo el ejemplo de María y Elisabet, puedan mantener conversaciones profundas que les permitan crecer en su relación con Dios y unas con las otras. Además, espero que sea un espacio donde las mujeres encuentren apoyo e inspiración para su trayectoria como líderes cristianas. Por último, espero que aquí las mujeres sean alentadas a creer, como María, que Dios va a cumplir sus planes para la vida de ellas (Lucas 1:44, 45).

Quiero invitarte a que nos acompañes cada mes, y nos unamos a mujeres del pasado y del presente en conversaciones profundas y transformadoras que nos fortalecerán en nuestra trayectoria como líderes.

La doctora Nora O. Lozano es Directora Ejecutiva del Instituto Cristiano para Líderes Latinas y Profesora de Estudios Teológicos en la Universidad Bautista de las Américas en San Antonio, Texas.

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