Celebración, Gratitud y Esperanza

Por Nora O. Lozano

Please click here to read in English.

Es un año nuevo y hay mucho que celebrar, agradecer y esperar.

Para empezar, quiero celebrar el primer aniversario del blog del CLLI. Gracias al buen trabajo de todas las escritoras mensuales, el comité editorial, las traductoras, así como de nuestra coordinadora y encargada de publicación, Anyra Cano, estamos completando un año de publicaciones. También les queremos dar las gracias a ustedes, que han leído fielmente el blog mes tras mes. Espero que durante el año pasado su vida como persona cristiana y líder haya sido enriquecida por cada una de las piezas publicadas.

Empezando con nuestro segundo año de publicación, el blog tratará diferentes temas que son pertinentes a la vida de la mujer líder cristiana. Te invitamos a seguir leyendo el blog todos los meses. Confiamos que será de bendición, aliento y desafío a medida que continúes con tu trayectoria como líder.

Además del aniversario del blog, estamos agradecidas por muchas otras cosas. Los entrenamientos del CLLI continúan con gran éxito, ayudando a desarrollar a muchas mujeres cristianas y líderes aquí en Estados Unidos y en México. Las personas que donan y apoyan al CLLI continúan dando generosamente para ayudarnos a lograr nuestro meta de transformar las vidas de mujeres en el nombre de Cristo. La facultad, las coordinadoras y el personal del CLLI continúan trabajando diligentemente para servir a todas nuestras estudiantes en las diferentes localidades, mientras que el Consejo Directivo continúa supervisando y guiando el ministerio del CLLI. Estoy muy agradecida por todas estas personas que juegan un papel vital en la vida del Instituto. ¡Son un verdadero regalo de Dios!

Más todavía, estamos mirando al futuro con mucha esperanza. Este es el año en que el Consejo Directivo del CLLI trazará, junto con el personal, el nuevo plan estratégico que guiará el curso del CLLI durante los próximos cinco años. Estamos entusiasmadas con este proceso, y apreciamos sus oraciones mientras discernimos la voluntad y los planes de Dios para el CLLI.

Espero que tú también hayas recibido al Año Nuevo con mucha celebración, gratitud y esperanza.

Te invito a celebrar y agradecer las pequeñas y grandes cosas en tu vida. Tómate un momento para recordar las cosas que a menudo damos por sentado, como la salud, vivienda, trabajo, agua limpia, comida, ropa, familia y la presencia de Dios en nuestras vidas.

Para cuando se publique este blog, será casi finales de enero. Quizás a estas alturas, estemos enfrentando propósitos de Año Nuevo fallidos, y una frustración por nuestra falta de compromiso.

Independientemente de tu situación, quiero invitarte a continuar viendo el Año Nuevo con un sentido de esperanza. Si bien nuestros propósitos anuales pueden ser fallidos, te aliento a que hagas nuevos planes, tal vez propósitos mensuales o semanales que pueden lograrse más fácilmente y los cuales te mantendrán con motivación. Si establecemos una meta semanal y la rompemos, muy pronto será nuevamente el lunes, y tendremos una oportunidad de comenzar una vez más.

Debido a que nuestras vidas son muy diversas, supongo que nuestras metas para el año 2020 probablemente también sean muy diferentes. Sin embargo, recuerdo la afirmación de John Maxwell de que una persona que es buena en el liderazgo primero debe aprender a liderarse a sí misma.  

A medida que aprendes a liderar, pregúntate: ¿Qué áreas de tu vida necesitas cambiar? ¿Qué necesitas mejorar para “ser una persona líder verdaderamente efectiva, a la cual la gente quiere seguir?” (John Maxwell, The 21 Indispensable Qualities of a Leader, p. ix).

Si bien este trabajo personal es importante, quiero invitarte también a seguir trabajando en la base más importante de tu vida: tu relación con Dios.

El Salmo uno ofrece buenos consejos para establecer una base sólida para la vida. En los versículos 1 al 3, el salmista nos invita tanto a deleitarnos y meditar constantemente en la Palabra de Dios, como a alejarnos de las malas compañías y la gente malvada. Estas acciones nos llevarán a ser personas bendecidas de verdad. La Biblia compara a esta persona bendecida con un árbol fuerte que está plantado junto a corrientes de agua, dando fruto en su tiempo y que sus hojas no caen. Este tipo de persona próspera en todo lo que hace.

Independientemente de si enfrentas o no desafíos particulares en este momento, cualquier persona que es buena en el liderazgo siempre tiene espacio para crecer y desarrollarse. Que este salmo te inspire en el Año Nuevo a anclar tu vida en la palabra de Dios y en las buenas acciones que surgirán de esta relación. Que te inspire a convertirte en la persona líder que Dios quiere que seas, y que la gente quiera seguir.

Y a medida que crezcas y te desarrolles este año, recuerda que el CLLI está aquí para ayudarte en tu desarrollo como líder. Así que apoyémonos en oración mientras continuamos con nuestras trayectorias de liderazgo y seguimos el plan de Dios para nuestras vidas.

El año 2020 aún es joven y, por lo tanto, lleno de posibilidades. Con la bendición de Dios, ¡hagámoslo un año próspero y bendecido! ¡Que así sea!

La doctora Nora O. Lozano es Directora Ejecutiva del Instituto Cristiano para Líderes Latinas y Profesora de Estudios Teológicos en la Universidad Bautista de las Américas en San Antonio, Texas.

HERMANDAD Y LAGRIMAS

Por Adalia Gutiérrez Lee

Please click here to read in English

Nunca pensé que a mi edad sería tan difícil hablar sobre mis hermanas.  No por no tener algo qué decir, sino porque tengo demasiadas cosas qué contarles.  Tuve dos hermanas y ambas murieron.  Una de bebé y otra muy joven.  Sin embargo, después de haber perdido a seres tan allegados a mí, pude comprender el versículo “fuerte es como la muerte el amor” (Cant 8:6 RVA) y me atrevería a decir aún, después de mi experiencia, que el amor es aún másfuerte que la muerte: porque nuestras hermanas o seres queridos podrán marchar, pero el amor y la relación estrecha que nos vincula con y a través de cada una de ellas, persiste.  No pretendo ser mórbida hablando de muerte o de cosas tristes, pero tampoco quiero ignorar que el amor: “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.El amor nunca deja de ser” (1 Cor 13:7-8 RVA) 

Si tenemos miedo a sufrir, nos va a costar amar.  Si pienso cuántas veces he llorado por las personas que amo, o cuántas veces he llorado la pérdida de un ser querido, no es nada comparable a las veces que sé que Jesús y todas las personas que me aman ¡también han llorado conmigo! Recuerdo que hubo una “racha” de pérdida de personas muy allegadas a mí que me hacía sentir “contagiosa”.  No quería que las personas se me acercaran por miedo a pasarles mi “mala suerte”, o a tener que tratar de encontrar una explicación a tanto sufrimiento. No me considero una persona supersticiosa, ni pesimista, pero me estaba costando mucho trabajo procesar mi duelo. Sin embargo, también recuerdo en esos momentos con cuánto amor ¡la gran familia de Dios me abrazó y lloró conmigo!  No hubiera podido salir adelante de estas pérdidas, si Dios no se hubiera manifestado en mi vida a través de la solidaridad, las oraciones, el abrazo y las lágrimas de todas mis hermanas y hermanos que me acogieron.

Ahora me encuentro en otra etapa.  Sigo mostrando mi amor con lágrimas.  Ya no pretendo encontrar una explicación al sufrimiento.  Sólo se que al amar se sufre.  Mi vida ha sido marcada con lágrimas de amor, pero lágrimas que no sólo fueron de tristeza, sino que fueron y siguen siendo también de alegría al haber conversado y compartido tiempos preciosos con mi mamá, mis hermanas, mis cuñadas, mis primas, mis hijas, mis sobrinas, mis amigas.

La cultura latinoamericana es bien conocida por cultivar relaciones estrechas con la familia extendida. Mi familia no fue la excepción.  Recuerdo cuando mi hermana me agradeció por vivir cerca de ella cuando estuvo enferma y me dijo: “Tu presencia ha hecho una gran diferencia ¡como de la tierra al cielo! Nuestras hijas no están conviviendo como primas, sino como hermanas: como tú y yo convivimos.”  Después de que ella murió, he tratado de continuar esa unidad entre ellas. Hay un valor y una conexión única y especial en la amistad y el amor entre hermanas ¡Cuántas veces hemos reido, o llorado, o incluso pensado en las mismas cosas cuando estamos con nuestras hermanas!  ¡Cuántas veces nos hemos peleado con ellas y después arrepentido porque no vale la pena que el enojo prevalezca en nuestra relación!  

Esta época del año en nuestro calendario cristiano es de adviento, de espera.   Una época llena de esperanza, paz, gozo y amor.  Necesitamos confesarla y vivirla primero como familia de Dios y también como familias latinoamericanas.  Particularmente este año, muchos países latinoamericanos han sufrido calamidades naturales, huelgas, injusticias, pobreza, desesperanza, guerra y muerte.  Nuestro llamado como familia en la fe es a esperar con esperanza, paz, gozo y amor. Si hemos de sufrir por amar, también recordemos que esas lágrimas de amor son las que van a recordar el amor y la solidaridad que Jesús tiene por nosotros, por ellos, por nuestros pueblos siempre.

Adalia Gutiérrez Lee trabaja como directora de area para Iberoamérica y el Caribe en International Ministries y forma parte de la mesa directiva de CLLI.

HERMANDAD: LAS MUJERES QUE DIOS ENVÍA.

Por Nora I. Silva

Traducido por Patricia Gomez

Please click here to read in English

Siempre me he considerado una chica de chicas. Esto es porque siempre he valorado a las mujeres que son parte de mi vida, y reconozco la influencia profunda que recibí y que continúo recibiendo de ellas. Al pensar en todas las mujeres que han sido una influencia y ejemplo en mi vida, primeramente pienso en mi mamá, sus hermanas y hasta sus cuñadas. Mis tías fueron y todavía siguen siendo mujeres que admiro y respeto. Cada una de ellas contribuyó a las experiencias únicas que tuve mientras crecía. Lo que observé entre ellas fue una conexión basada en algo que ahora reconozco como una confianza profunda y amor verdadero. Y aunque tal vez no lo haya entendido en aquel entonces, lo que observé fue apoyo en tiempos difíciles, celebración de logros, risa, muchas risas, y la consistencia en todo esto.

Tengo la bendición de tener cuatro hermanas. Mis tres hermanas mayores siempre me alentaron y a menudo prepararon el camino para que yo tuviera éxito. Ellas proveyeron para mí en formas que mi papá y mi mamá no podían hacerlo. Mi hermana Cissy, después de que se mudó, siguió enviando dinero y se aseguró de que yo tuviera ropa nueva para ir a la escuela. Mi hermana Lettie me dio un gran ejemplo al alcanzar una educación superior, y al hacerme que me quedara con ella en los veranos, para así inspirarme a hacer lo mismo. Mi hermana Doris, a los diecisiete años, trabajó en un restaurante local de comida rápida, y usó el dinero que ganaba arduamente para inscribirme en clases de gimnasia, pues sabía que yo amaba ese deporte y que mi papá y mi mamá no podían pagar las clases. También se aseguró de que yo fuera con ella a la iglesia los domingos. Todas ellas proporcionaron oportunidades y opciones para mi vida. Trabajaron arduamente para extender los límites de mis experiencias, para que así yo pudiera llegar más lejos de donde ellas habían llegado. Anna, mi hermana menor, no tuvo esta función de influencia en mi vida temprana.Yo la adoraba cuando era bebé, pero luego se convirtió en una molestia para mí, ya que era la hermanita que tenía que llevar conmigo a todas partes. Ahora que somos mujeres adultas, se ha convertido en una de mis mejores amigas.

Cada una de mis hermanas tuvo y continúa teniendo un impacto único en mi vida. Cissy con su dulzura y paciencia evoca la paz en mí. Lettie me ayuda a sacar a la mujer luchadora que llevo dentro. Doris demostró obediencia a Dios y eso me ayudó a rendirme a Dios. Anna, mi hermana menor, me enseñó que mientras yo observaba y admiraba a otras mujeres, a la vez había otras observando y admirándome a mí. Todas estas experiencias han contribuido a que sea la hermana y la persona que hoy soy, en el horizonte amplio de la vida.Debido a la distancia geográfica, no veo a mis hermanas frecuentemente, pero de una manera similar a lo que vi con mis tías y mi mamá, la confianza y el amor son profundos, reales y constantes.

Afortunadamente para mí, la hermandad no termina con mis hermanas de sangre. Una de las características más fuertes de las mujeres a las que llamo hermanas, es la disponibilidad de estar a mi lado durante la lucha. He sido bendecida con mujeres que a pesar de no haber estado de acuerdo con alguna de mis decisiones y con las consecuencias de esas decisiones, han dicho: “¿Cómo puedo ayudarte? No estás sola”.  He sido bendecida con mujeres que después de escuchar sobre las cosas con las que tengo conflicto, me dicen: “Anímate, Dios cuidará de ti”. He sido bendecida con mujeres que tal vez no dicen nada, pero que oran por mí y conmigo. Esto es hermandad. Para estar cerca de otras mujeres y edificarlas, camine con ellas y manténgase a su lado, especialmente cuando estén luchando por mantener su equilibrio bajo el peso de esto que llamamos vida.

Mi experiencia con CLLI ha sido este tipo de trayectoria. He conocido a mujeres increíbles que han hecho justo lo que he descrito. Ellas han estado a mi lado, me han animado y han orado por mí. Es en este círculo que el llamado de Dios en mi vida comenzó a perfilarse. Me uní al CLLI primero como miembro de la facultad y luego como miembro de la junta directiva. Al igual que muchas de nosotras, me sentí descalificada para servir en esta capacidad, no porque no tuviera las habilidades para enseñar la clase asignada, al contrario, ésa era la parte fácil. Más bien me sentía descalificada delante de Dios. Pensé que de alguna manera era un error que yo fuera parte de la obra increíble que Dios estaba haciendo a través del CLLI. Sin embargo, fue aquí donde las mujeres que admiraba y respetaba me mostraron que Dios me estaba llamando a algo especial. Más importante aún, es que a través de esta experiencia de hermandad aprendí que con mi propio esfuerzo no estoy calificada para servir, pero con Dios tengo todo lo que necesito para seguir el propósito que Dios tiene para mí.

Al igual que las mujeres que fueron las primeras en ver la tumba vacía, estoy rodeada de mujeres que son cariñosas, comprometidas, leales, fieles y sobre todo triunfadoras. Puedo imaginar la tristeza y la pérdida que estas mujeres bíblicasestaban experimentando, pero trabajaron juntas para hacer lo que se necesitaba. Estoy segura de que se animaron mutuamente por el dolor que sintieron. En su compromiso con Dios y con las demás personas, llegaron a experimentar juntas la increíble verdad de la resurrección de Jesús (Lucas 24:1-12; Mateo 28:1-10; Juan 20:11-18). Qué increíble y maravilloso es cuando Dios nos permite experimentar la hermandad de tal manera que nuestras vidas cambian para siempre, y las historias que compartimos hablan del amor de Dios a través de las mujeres que Dios ha enviado a nuestras vidas.

Nora Silva es la Pastora Ejecutiva de la Iglesia Mosaico de San Antonio y miembro de la facultad del Christian Christian Leadership Institute. También se desempeña como Presidenta de la Red de Mujeres Hispanas de Texas.

El vínculo terapéutico de la hermandad entre mujeres

Por Zoricelis Davila

Traducido por Alicia Zorzoli

Please click here to read in English

Leí hace poco en las redes sociales que “a veces hablar con tu mejor amiga es toda la terapia que necesitas”. Como terapista tengo que admitir que conozco el valor terapéutico de la consejería para tratar las situaciones que solo un profesional puede manejar. Sin embargo, en el liderazgo y en el Instituto Cristiano para Líderes Latinas(CLLI por sus siglas en inglés) hemos experimentado el vínculo terapéutico de una hermandad hermosa. Como líderes latinas cristianas, a veces enfrentamos desafíos tales como discriminación, expectativas culturales, estereotipos y varios otros.  Estos desafíos pueden acarrear un desaliento potencial para continuar en el liderazgo, o la presión para conformarnos a ciertas normas culturales y sociales. En tiempos así buscamos a nuestras hermanas para apoyo, oración, aliento y consejo; esas amigas maravillosas, consagradas, extraordinarias, y colegas en el ministerio que han vivido esas situaciones antes que nosotras, o que lo están haciendo junto a nosotras.

Esta hermandad es más que simplemente un grupo de amigas juntas en el liderazgo; es un grupo de mujeres fieles al Señor, apasionadas, tenaces, compasivas y muy trabajadoras que hacen el ministerio juntas. Hemos llegado a ser más que colegas en el ministerio, hemos llegado a ser hermanas en el liderazgo. En psicología y consejería se usa el término familismo para referirse al valor cultural que enfatiza las relaciones familiares caracterizadas por la cercanía, el calor humano, el amor, el cuidado y el apoyo mutuo[i]. El término también da prioridad a la familia por sobre el individuo, y está asociado con contribuir a la salud psicológica y emocional. Cuando enfrentamos desafíos en el ministerio nos aferramos a este valor del familismopara mantenernos firmes y unidas, y para apoyarnos unas a otras en la obra del Señor.

Estar unidas en el liderazgo significa que siempre estamos encontrando nuevas formas de ayudar a las mujeres en el ministerio. Planificamos conferencias, retiros, seminarios y muchas otras vías para empoderar a otras líderes cristianas, sean latinas o latinas de corazón. Compartimos luchas comunes, nos damos ideas unas a otras, nos apoyamos durante nuestras luchas y nos animamos mutuamente para alcanzar nuestro máximo potencial. Todas somos diferentes, pero compartimos los mismos valores cristianos.

Hemos estado presentes durante la pérdida de seres queridos, acompañándonos en trayectorias académicas, bodas, aniversarios, nacimientos, nuevos trabajos, cambio de trabajos, jubilaciones y muchos otros eventos de la vida; todo mientras continuábamos con nuestros ministerios yliderazgos en las áreas respectivas de nuestra vida. Hemos llorado juntas, reído juntas y nos hemos amonestado en amor cuando era necesario. Y al hacer todo esto llegamos a ser líderes más efectivas. El liderazgo no es algo que se hace en soledad, es un esfuerzo comunitario. Nunca hubiéramos podido lograr todo lo que tenemos en el ministerio si no hubiera sido por el Señor y por este vínculo de hermandad llamado CLLI. Somos más que una hermandad; es una sociedad, un sistema de apoyo, una red de mentoría, y un semillero de líderes, eruditas, ministras y colaboradoras en la obra del Señor.

En un tiempo cuando se cuestiona o se critica a las mujeres en el liderazgo tenemos una hermandad de líderes cristianas latinas, o latinas de corazón, que están enlazadas unas con otras por amor a Cristo para hacer que él sea conocido. Nuestra visión es Mujeres en liderazgo empoderadas para impactar al mundo desde una perspectiva cristiana.Juntas nos motivamos mutuamente para continuar nuestra trayectoria como líderes, trabajando en nuestras respectivas congregaciones y apoyando el ministerio de la iglesia para cumplir la Gran Comisión.

En la Biblia vemos un hermoso vínculo de hermandad en Elisabet y María (Lucas 1:39-45). Ambas recibieron el hermoso ministerio de la maternidad; María como madre de nuestro Salvador Jesús, y Elisabet como madre de Juan el Bautista, el precursor de Jesús. En el momento cuando María recibió la noticia de su nuevo rol fue a visitar a su prima Elisabet quien llevaba seis meses de embarazo de su hijo Juan. Creo que María necesitaba el apoyo de Elisabet en ese momento cuando debe haberse sentido tan abrumada por la tarea que le esperaba frente a las expectativas culturales. El encuentro entre ambas fue una afirmación de Dios de que necesitaban apoyarse mutuamente en sus respectivos ministerios de ser madres.

En mi caso, Dios trajo CLLI a mi vida en un tiempo cuando estaba empezando una etapa nueva de liderazgo como consejera profesional. CLLI fue mi “Elisabet”. Aunque siempre había sido líder en mi iglesia, en ese tiempo Dios me estaba llamando a un ministerio más amplio más allá de las paredes de mi iglesia. Dios usóa CLLI para abrir puertas para publicar libros dedicados a nuestra comunidad latina que llevaran sanidad a las familias. Dios también usó este ministerio para que desarrollara mis habilidades de liderazgo como miembro del Consejo de Directores, profesora y mentora. Luego Dios me llamó a obtener un doctorado y continuar empoderando a otras líderes mediante el ministerio de consejería. No podría haber logrado nada de esto de no haber sido por el vínculo terapéutico de la hermandad de CLLI en mi vida. Todas esas mujeres fueron “Elisabet” para mí.

A veces el liderazgo puede ser difícil, pero también puede traer mucho gozo. Dios te puede llevar a lugares que nunca antes habías explorado; ahora mismo Dioste puede estar llamando a un área de liderazgo en el ministerio que puede parecerte abrumadora. Por favor, quiero que sepas que Dios nunca pretendió que recorramos solas el ministerio o la vida. Diosnos rodea con una hermandad de mujeres que nos puede empoderar, apoyar, traer vida y refresco para animarnos en nuestro trayecto. En CLLI tenemos un vínculo especial que nos ha llevado a través de pruebas, sufrimientos, desafíos, alegrías y muchos logros. Nunca hubiéramos podido hacerlo solas. Ven, únete a nosotras y sé parte de este maravilloso vínculo de hermandad en el liderazgo. No hay otro grupo con el cual quisiera participar en el ministerio aparte de mis hermanas en CLLI; estar juntas es terapéutico. “Por lo cual, anímense los unos a los otros y edifíquense los unos a los otros, así como ya lo hacen” (1 Tesalonicenses 5:11).


[i]Campos, B., Ullman, J. B., Aguilera, A., & Dunkel Schetter, C. (2014). Familism and psychological health: the intervening role of closeness and social support. Cultural Diversity & Ethnic Minority Psychology. https://doi.org/10.1037/a0034094

La Dra. Zoricelis Dávila, Ph.D., LPC-S, es Licenciada como Consejera Profesional Supervisora con 17 años de experiencia. Ella tiene una práctica privada en Fort Worth, TX al servicio de la comunidad latina. La Dr. Davila es miembro de la junta directiva y docente de CLLI. También es oradora internacional, autora y profesora de asesoramiento.

Adoptada

Por Jana Atkinson 

Traducido por Alicia Zorzoli

Please click here to read in English.

Crecí como la del medio de un grupo grande de hijas. No hace falta decir que la hermandad es una de las primeras cosas que comprendí, y es algo que siempre amé. Debido a diferentes circunstancias, varias de mis hermanas son adoptivas. Mi papá y mamá mostraron un amor abundante al ajustar su vida y sacrificarse para llenar las necesidades de otras personas. Aunque mis hermanas y yo no tenemos el mismo ADN, las experiencias y las condiciones que compartimos han forjado un lazo de unión muy importante para mí, y yo creo que tiene el potencial de hacer un impacto en el mundo. Nuestra hermandad es el primer lugar donde vi las manos del Señor obrar en mi vida. Siempre guardé una admiración profunda por la adopción. La adopción de mis hermanas significó por lejos los momentos más significativos de mi vida. Para mí, esos momentos maravillosos sirven como los ejemplos supremos del evangelio.

Aunque nuestra hermandad es asombrosa, no siempre fuimos un grupo perfecto de hermanas. El buen Dios hizo que las hermanas Atkinson fueran individuos completamente diferentes entre sí. Las diferencias que se encuentran entre los miembros de nuestro grupo han resultado en muchas discusiones y muchos malentendidos. Algunas veces surgieron barreras que ocasionaron distanciamientos dolorosos en nuestras relaciones. Sin embargo, la bondad de nuestro Padre de amor siempre superó los tiempos difíciles que enfrentamos. Nunca olvidaré el momento más asombroso e inspirador que demostró cuán verdadera es la fidelidad de Dios. El Espíritu Santo nos llevó a través de la situación más dura que hayamos experimentado jamás.

Hubo un tiempo cuando nos encontramos en un lugar donde una de mis hermanas, debido a circunstancias desafortunadas, no nos hablaba. Algo le sucedió a ella durante ese tiempo que cambió su vida para siempre. Sin ninguna vacilación y sin pensarlo dos veces, ese mismo día las seis de nosotras estábamos juntas otra vez, recogiendo los pedazos rotos y abrazándonos con amor incondicional. Fue durante esa época en mi vida que estuve en el proceso de rendir completamente mi vida al Señor. El ver la fidelidad de Dios en esa situación increíble me hizo caer de rodillas y rendirme completamente. Fue entonces que comencé a vivir cada día de mi vida totalmente sometida a Él, y también fue entonces que acepté plenamente mi llamado al ministerio.

Debo admitir que el Señor creó un grupo bastante interesante entre nosotras. El vínculo que tenemos mis hermanas y yo me recuerda una verdad bíblica. La dinámica de nuestra hermandad es un ejemplo de cómo Dios ama igualmente nuestras diferencias. El amor que tiene Dios por cada una de nosotras es personal e increíblemente hermoso. La diversidad entre mis hermanas y yo me impulsa a alabar a Dios por la belleza de todo esto. Aunque no somos un grupo de hermanas perfectas puedo decir que somos una gran representación del cuerpo de Cristo.

Tenemos dones y roles muy diferentes, pero aun así tenemos en mente una misma meta; y es la de ser las representantes del nombre Adkinson y del padre y la madre que nos criaron a todas. Es de esa misma forma que los distintos miembros del cuerpo de Cristo tienen roles y dones diferentes, pero todos trabajan para glorificar el nombre de Jesús y representar al Dios que obró nuestra redención (1 Corintios 12). Esta es una verdad bíblica hermosa: no importan las circunstancias que rodean nuestra vida, debido al amor sacrificial, incondicional e inmerecido de Jesús todos somos, sin ninguna duda, miembros de la familia de Dios. Fue ese mismo amor inexplicable lo que llevó al Dios del universo a venir y pagar el más caro de todos los precios para que pudiéramos ser redimidas y adoptadas en la familia de Dios.

Hubiera sido fácil para mi papá y mamá orar, dar dinero o ayudar a hacer los arreglos para mejorar la vida de mis hermanas. En vez de eso, (quite varias palabras aquí) eligieron tomar la carga más pesada y criar a mis hermanas como sus hijas. No importan las circunstancias que rodeen nuestra vida; debido al amor sacrificial e incondicional todos hemos sido adoptados en la familia de Dios. De modo que mi oración para todos nosotros es que tomemos esta verdad y la compartamos con el mundo a través de la vida que vivimos y el amor que compartimos.

Durante mi primer semestre en la Universidad Bautista de las Américas, la doctora Nora Lozano, mi profesora favorita, me invitó a ser parte del Instituto Cristiano para Líderes Latinas. Debo admitir que eso me sorprendió porque no soy Latina. Sin embargo, debido a mi respeto por la doctora Lozano, asistí al entrenamiento y tomé ese curso en el siguiente semestre. Me adoptaron en la familia de CLLI (por sus siglas en inglés) como una Latina de corazón con mucho amor y apoyo. He crecido inmensamente por ser parte de esta maravillosa comunidad Cristocéntrica. Puedo decir con plena confianza que las mujeres que me adoptaron allí me van a animar y alentar a seguir de todo corazón al Señor y a su llamamiento en mi vida. Estoy orgullosa de representar a mi dulce Salvador Jesús como una Latina de corazón.

Jana Atkinson es una alumna de tercer año en el Instituto Cristiano para Líderes Latinas, y de último año en la Universidad Bautista de la Américas, especializándose en Biblia y Teología. Después de graduarse va a continuar estudiando en el Seminario Logsdon para obtener su Maestría en Divinidades.

LA MESA DONDE SIEMPRE HAY GENTE COMIENDO

Por Roz Garcia

Please click here to read in English.

“¡Ya sé dónde vives! ¡En la casa de la mesa donde siempre hay gente comiendo!”. 

Eran mis primeras salidas de adolescente. Tenía unos 12 años. Me emocioné al escuchar que el muchacho con quien coqueteaba ¡sabía dónde yo vivía! Pero nunca imaginé oírlo decir: “¡en la casa de la mesa donde siempre hay gente comiendo!”. ¡Me quise morir de vergüenza!

Sí. Así nos conocían en el barrio en Monterrey.

En la cocina de la casa de mis padres hay una mesa redonda color café con 6 sillas. En el techo arriba de ella hay un abanico con un foco amarillo que refresca en los días de verano y alumbra por la noche. Está ubicada frente a una ventana que da a la cochera de la casa; parece vitrina de tienda. A cualquier hora se puede ver a alguna persona sentada allí: leyendo, comiendo, conversando, riendo. Ese es y será el punto de reunión. Extraño esa mesa.

¡Cuántos recuerdos de vivencias en esa mesa! Había lugar para las personas que quisieran acercarse, donde serían tratadas como mis “hermanos y hermanas”. Aprendí a llevar esa “hermandad” a mi vida y compartirla con quienes se sientan a la mesa. 

En nuestra mesa habrá provisión para mi hermano y mi hermana…

Jamás ha faltado comida ahí. Mi mamá es muy buena cocinera. Yo nunca he logrado cocinar como ella, pero lo que sí le aprendí muy bien fue a jamás dudar de la provisión de Dios para poder compartir, aun cuando yo pensara que la comida era insuficiente. Así como Jesús repartía comida mientras amaba, y sobraban cestas de alimento, puedo comprobar diariamente los milagros de su provisión.

 Jesús les dijo:

—Denles ustedes de comer.

—Pero lo único que tenemos son cinco panes y dos pescados —le respondieron—. ¿O esperas que vayamos y compremos suficiente comida para toda esta gente? Lucas 9:13, NTV

En nuestra mesa habrá enseñanza para mi hermano y mi hermana…

Durante mi etapa de estudiante, cuando mi hermana y yo regresábamos de la escuela nos sentábamos a comer en esa mesa mientras mi mamá nos preguntaba sobre nuestro día. Era un momento de platicar y completar nuestras tareas. Pasaban las horas y seguíamos allí estudiando.

Hoy seguimos aprendiendo en la mesa. Saboreando café compartimos diversos temas y la Palabra de Dios. Tenemos libertad para leer, meditar, preguntar y debatir la Biblia para conocerla en una forma más personal diariamente.

El temor del Señores la base de la sabiduría.Conocer al Santo da por resultado el buen juicio. Proverbios 9:10,  NTV

En nuestra mesa siempre habrá comunión sin discriminación para mi hermano y mi hermana…

Mis recuerdos de reuniones familiares son con pleitos por tener una silla en la mesa de la gente adulta. Todos queríamos sentarnos allí y era chistoso ver sillas amontonadas o dos sentados en un mismo asiento para poder así estar presentes. Era un momento donde todos éramos iguales. Allí no había discriminación: joven, adulto, mujer u hombre; simplemente éramos “tribu”.

Hoy puedo seguir teniendo comunión en nuestra mesa con todas aquellas personas que quieren formar parte de nuestra “tribu”, entendiendo la diversidad en la creación de Dios y tratándonos con respeto y valor.

 Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Gálatas 3:28,  NTV

En nuestra mesa seremos servidores de mi hermano y mi hermana…

Otro recuerdo es ver a mi mamá haciendo los preparativos: acomodando mantelitos, servilletas, vasos, cucharas y todo aquello que pudiera necesitarse al sentarnos allí. El ver la mesa toda hermosa era como una invitación a sentarse y disfrutar. Ella se la pasaba preguntando si nos hacía falta algo, si queríamos una tortilla, más sopa, otro taquito… Me sentía importante cuando mamá me atendía.

Ahora, cuando recibo visitas en mi casa me propongo hacer que las personas que llegan sientan que son especiales. Trato de ser amable y ayudarlas para que estén a gusto. Jesús servía, y él es mi ejemplo. ¡Qué gran bendición es poder hacerlo!

 Pero entre ustedes será diferente. El que quiera ser líder entre ustedes deberá ser sirviente. Mateo 20:26, NTV

En nuestra mesa habrá inclusión para aquellos hermanos y aquellas hermanas que se sientan solos y que necesiten que se les escuche…

En la mesa de mis padres compartí situaciones que me molestaban o me dolían. Allí también  escuché a mis amigos hablar sobre sus situaciones de vida, estando presente cuando necesitaban que se les escuchara. Sabían que ahí se les escucharía sin ser juzgados. A veces solo se les escuchaba en silencio. Otras veces oía la voz de mis padres cuando no estaban de acuerdo con algo, o la voz de mi hermana al darme consejos. Aprendí que mi voz, y la voz de otras personas, eran importantes. Era una mesa para ser incluyente con “mi hermano o mi hermana” que llegaba con cansancio, desgaste, y con falta de aceptación en su familia o comunidad. Fue la mesa donde nació mi anhelo de ayudarles a ver la esperanza que tenemos al conocer a Jesús, y de poder compartir lo que Dios nos enseña acerca de nuestro valor, su amor al darnos vida y amar.

Luego dijo Jesús: «Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso. Mateo 11:28, NTV

En nuestra mesa habrá amor y misericordia para mi hermano y mi hermana

El amor requiere decisión. En días de dolor y heridas nos cuesta amar. Pero en nuestra mesa decidimos amar.

Sigan amándose unos a otros como hermanos. Mateo 11:28, NTV

¡Cómo extraño esa mesa! Pero hoy tengo una mesa a donde me puedo acercar. Es nuestra mesa de reuniones del CLLI. Una mesa donde vivimos la hermandad, teniendo amor y misericordia entre nosotras. Mesa de inclusión donde nuestra voz resuena fuerte. Mesa de servicio usando nuestros dones. Mesa de comunión sin discriminación donde nos enseñamos unas a otras. Y, sobre todo, una mesa de provisión donde podemos experimentar lo que Dios ha estado haciendo en cada una de nosotras. 

Me siento orgullosa de sentarme a nuestra mesa. Una mesa donde siempre hay gente comiendo, ¡pero comiendo la Palabra de Dios!

Roz Garcia es la Coordinadora de CLLI Metepec, México, y es graduada del CLLI Monterrey Mex. 2018.

La hermandad no nace, se hace.

Por Mónica Salinas

Please click here to read in English.

¿Te puedes imaginar una mesa redonda con once niñas de entre cinco y diecisiete años comiendo juntas? Cualquiera pensaría que se trata de una fiesta de cumpleaños infantil, pero no, esa era la dinámica diaria en la casa de la familia Salinas. 

Soy la número diez de once hermanas. Haber crecido rodeada de ellas, cada una única y diferente, fue una bendición. Aunque debo confesar que no siempre las cosas fueron bien entre nosotras y que a veces no supe apreciar el regalo que Dios me había dado. Como en todas las familias, debido a diversos factores o circunstancias, a veces se daban tensiones entre nosotras. 

En mi caso, tuve dificultad para relacionarme con una de mis hermanas mayores. La diferencia de edad y circunstancias dolorosas influyeron para que eso ocurriera. Adicionalmente, al no ser ella creyente, nuestros valores y manera de pensar eran diferentes. Como resultado, nuestra relación de hermanas fue muy distante por años. De mi parte, el resentimiento por cosas del pasado fue lo que me motivó a mantenerme distante de ella. Aunque no fui la única con quien mi hermana tuvo dificultades, sí fui quien más se mantuvo distante. 

Muchas veces el Espíritu Santo me redargüía para que buscara una reconciliación con mi hermana, y aunque sabía que debía hacerlo, no tenía el valor, o no sabía cómo hacerlo. Quizás tú te puedas identificar conmigo. 

Al comenzar a orar por ella, comprendí que en su corazón también había mucho dolor y que mi hermana y yo nos necesitábamos. Poco a poco, Dios me permitió amar a mi hermana tal como era. Fue hasta ese momento, que el pasado quedó atrás y tuve valor para buscarla y pedirle perdón. Nos perdonamos y desde entonces (aunque siguen las diferencias) hemos cultivado una relación de hermanas. Ahora puedo decirle y mostrarle que la quiero y que me importa. 

No estoy compartiendo esta historia para ponerme como el ejemplo de la “hermana perfecta”. Más bien, quiero resaltar el hecho de que el ser hermanas de sangre no garantiza que nos tratemos como verdaderas hermanas. Se necesita amor, humildad, intencionalidad y valor para acercarnos a quienes nos lastimaron en el pasado, o con quienes, aun siendo de la misma sangre, es difícil relacionarnos. 

La hermandad requiere intencionalidad. En mi país hay un dicho que dice “un líder no nace, se hace”. Creo que eso es verdad también para la amistad que se convierte en hermandad. Los lazos de amor, afecto y compromiso que unen, se deben construir. La hermandad se hace cuando decidimos ser la clase de persona que ama y se da. La que escoge permanecer cuando todas las personas se han ido, la que extiende la mano aun cuando no tiene nada más que una mano que dar. 

Esa es la clase de hermandad que encontramos en la biblia entre Rut y Noemí. Contrario a todo pronóstico, la relación entre nuera y suegra llegó a ser tal, que aun cuando ya no había lazos legales que las unieran, Rut decidió renunciar a volverse con su familia de sangre, y permaneció con Noemí. Decidió correr la misma suerte que su suegra en un país extraño, aunque eso implicaba que sus posibilidades de volverse a casar y formar una familia se reducirían.

Al parecer, los lazos que unían a Rut y a Noemí ahora eran más fuertes que su relación inicial de parentesco. Quizás las circunstancias difíciles de la vida las habían unido más. Al llegar a Judá, Rut trabajó duro para llevar de comer a su suegra y un tiempo después, juntas hicieron un plan para que Rut se pudiera casar. La historia termina con el casamiento de Rut con Booz y el nacimiento de su hijo Obed. 

No todas las historias de hermandad terminan con un final feliz como éste. De cualquier forma, es importante resaltar aquí el amor y compromiso que Rut y Noemí tenían para buscar el bien de la otra, y el precio que Rut estuvo dispuesta a pagar por continuar la relación con su suegra. Nada de esto sucedió por casualidad o por la relación legal y formal que habían tenido como nuera y suegra, sino porque Rut procuró que así fuera y se volvió como una hija para Noemí. 

A lo largo de nuestra vida, Dios nos da oportunidad de conocer a personas que llegan a ser tan cercanas o más que nuestros propios familiares. A veces llegan a nuestra vida como un consuelo en tiempos de dolor o necesidad. Otras veces, nos toca a nosotros mostrar nuestra amistad y ser ese “amigo que es más unido que un hermano” (Proverbios 18:24). 

Desde que me casé, he vivido lejos de mi familia de sangre. Como esposa de pastor también he experimentado la soledad del ministerio. Recuerdo que, en el 2012 en particular, estando lejos de mi país de origen y sin entender muy bien el idioma, estaba pasando por un tiempo de dificultad. Sintiéndome muy sola, asistí a mi primer entrenamiento del CLLI y allí encontré lo que tanto necesitaba. Además de recibir una gran dosis de afirmación de parte de Dios y entender mi llamado, Dios me regaló tres lindas amigas que fueron para mi como hermanas en tiempo de necesidad. Mi vida después de esa experiencia nunca fue igual. Era como si Dios hubiera preparado una hermosa sorpresa que llenaría mi corazón de esperanza, me renovaría las fuerzas y me daría claridad para entender el propósito por el cual me trajo hasta aquí. Doy gracias a Dios por la bendición de ser parte del CLLI pues este ministerio, además de capacitar y empoderar a las mujeres cristianas, les provee espacios apropiados para la hermandad. 

Es claro que la hermandad no nace sola, sino que se hace y se construye al tomar la iniciativa de crear espacios donde se busca el bien de la otra persona. Es en estos espacios intencionales donde una amistad crece y florece, para convertirse en una hermandad hermosa, poderosa, y llena de bendición.

Monica Salinas serves as the Administrative Associate of CLLI and is a graduate of our program.

Las diferentes caras de la hermandad entre mujeres (*)

Por Becky Klein

Traducido por Alicia Zorzoli

Please click here to read in English


¿Qué es eso de la hermandad entre mujeres? En mi experiencia ha sido la bendición de contar con una o más mujeres que tienen un vínculo en común, que comparten confidencias sin emitir juicios ni violar la confianza, y que brindan esperanza y alivio cuando alguien enfrenta tiempos de dificultad, confusión o tristeza.

A lo largo de los años encontré este tipo de relación en ciertas instancias particulares que fueron y siguen siendo muy importantes para mí. Una de esas situaciones ocurrió siendo militar cuando me enviaron al Medio Oriente. Fui una de solo dos mujeres en mi unidad militar. Llegué a una tierra extraña sin conocer a nadie más que mi colega femenina. Muy pronto no solo nos hicimos amigas sino que también lo hicimos con las pocas otras mujeres en uniforme que vivían en aquel campamento militar. Juntas experimentamos las realidades diarias de la vida militar como acostumbrarnos a usar las letrinas y a ducharnos una vez por semana. También compartíamos nuestra preocupación por nuestros hijos y demás familiares al otro lado del mundo. Nos ocupamos de mantenernos al mismo nivel físico de nuestros colegas varones. Compartíamos intereses similares respecto a nuestros hábitos alimenticios, manteníamos nuestra carpa lo más ordenada posible, y hasta nos ocupábamos de esas “necesidades” pintorescas como la de asegurarnos de que las uñas de nuestros pies estuvieran bellamente pintadas dentro de las duras botas militares. Sobre todo, debimos acostumbrarnos a una tierra que segregaba a las mujeres en los lugares públicos, que limitaba nuestras actividades como manejar o ir al gimnasio, y que nos restringía forzadamente en lo que podíamos vestir cuando salíamos de la base militar.

Ninguna de nosotras sabía lo que nos iba a pasar al día siguiente debido a los alertas diarios de misiles que nos sobrevolaban o a las amenazas diarias de una guerra química o biológica. Era reconfortante tener un grupo de mujeres que experimentábamos juntas estas presiones y anormalidades. Esto aumentaba nuestra confianza unas en las otras y también en nosotras mismas. Nuestra hermandad era un refugio seguro frente a las amenazas existenciales y externas.

Este mismo vínculo de hermandad entre mujeres lo experimento en mi lugar de trabajo. Más del noventa y cinco por ciento de las personas que empleo son mujeres. Esto no es porque lo haya premeditado sino porque las mujeres que se presentan en mi órbita de trabajo demuestran ser las más calificadas y experimentadas para la tarea. Además, las otras empresas que comparten el área de mi oficina están dirigidas por mujeres que también han empleado principalmente a mujeres. Durante los últimos doce años este grupo de profesionales femeninas nos hemos reunido para aprender unas de las otras tanto en lo profesional como en lo personal.

Por ejemplo, la semana pasada quince de nosotras nos juntamos en la oficina a la hora de la comida para comer y, al mismo tiempo, escuchar a una autora que nos enseñaba lo que significa para una mujer el llegar a ser financieramente sabia e independiente. Compartimos experiencias y preguntas en cuanto a nuestras relaciones y puntos de vista respecto al dinero. Muchas veces es difícil conversar sobre este tema con nuestros seres queridos, y mucho menos con nuestros colegas en la oficina. Sin embargo, como una hermandad de mujeres profesionales, nos sentimos seguras para compartir conversaciones sensitivas y preocupaciones financieras personales. Dejamos esa comida sintiéndonos más enriquecidas al haber aprendido de unas de las otras respecto a nuestras tribulaciones y nuestras fortalezas.

El Instituto Cristiano para Líderes Latinas (CLLI por sus siglas en inglés) brinda ese mismo tipo de experiencia de hermandad entre mujeres. Sin embargo, dado que el fundamento de esta institución está basado en el poder, la gracia y la sabiduría de la Palabra de Dios, esta hermandad es una experiencia mucho más profunda. No se trata simplemente de compartir vínculos geográficos debido a amenazas externas. Es más que juntarnos porque tenemos metas y afinidades en lo profesional.

CLLI crea una red de mujeres que andan a la luz del Espíritu Santo y demuestran el amor de Cristo; un amor que no cambia a pesar de las circunstancias, el tiempo o la distancia. La hermandad de CLLI provee un lugar donde aprender mediante la gracia y el empoderamiento. Este grupo entiende que cada una somos eternas y somos un reflejo de Dios. No se trata de estar unidas debido a las situaciones externas de la vida, sino que significa estar conectadas desde ese punto muy dentro de nosotras mismas que anhela conocer profundamente a nuestro Creador, y compartir unas con otras el propósito de Dios para cada una en esta dimensión de la vida.

Es mi deseo que tú hayas tenido una experiencia de hermandad entre mujeres. Pero más que esto, es mi oración que te sientas llamada a entrar en la hermandad de CLLI para crecer con nosotras mientras aprendemos a liderar en el poder y la gracia de Dios.

(*) Nota de la traductora. Últimamente se está usando el término sororidad como el relativo al vocablo inglés sisterhood. El Diccionario de la RAE define sororidad como “Amistad o afecto entre mujeres. Relación de solidaridad entre mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento”. Dado que todavía su uso no es generalmente conocido preferimos usar la frase “hermandad entre mujeres” para traducir sisterhood.



LA AMISTAD Y LOS CHILES RELLENOS

Por Raquel Contreras

Please click here to read in English.


Una de las cosas que más disfruto de ser latina es la libertad que tenemos para llegar a la casa de nuestra familia o amistades y quedarnos conversando por horas. La sobremesa en nuestras reuniones familiares es una tradición que nos une y ayuda a disfrutar la vida y recuperar nuestra historia.

Creo que las mujeres latinas practicamos esto con mucha gracia y fuerza todo el tiempo. Cada vez que alguien llega a nuestra casa, lo primero que preguntamos es: ¿te puedo servir un vaso de agua? ¿un café? Este sentido de hospitalidad a través de la comida, por muy simple que sea, trae una relación de acercamiento que produce un fuerte sentido de hermandad.

En mi país, Chile, tenemos una frase entre mujeres, que a todas nos hace mucho sentido: “Conversémonos un café”. Eso quiere decir, sentémonos, tomemos un café y hablemos de la vida. Practiquemos la amistad.

Este sentido de amistad (hermandad) en torno a la mesa es una realidad muy presente en la vida de la mujer latina. Es interesante que, aunque tengamos trabajos fuertes que requieren de mucha diligencia de nuestra parte, aunque usamos nuestra mente para cálculos matemáticos o para tomar decisiones trascendentes para otras personas o en empresas, nos sentamos en la mesa con nuestras amigas y conversamos de las cosas simples de la vida. ¿Cómo haces tú los chiles rellenos? ¿Dónde compras tu ropa? ¿A qué jugabas cuando eras niña? 

La mesa de la mujer latina es un espacio que llenamos con nuestro sentido de hermandad, de amistad, de aprender la una de la otra.

Me encanta pensar que Jesús practicaba esto siempre. Lo vemos sentado a la mesa de las personas que no tenían muy buena reputación pasando un rato alegre, lo vemos sirviendo el desayuno para sus amigos después de que ellos pasaron una larga noche trabajando, lo vemos dando de comer a más de cinco mil personas cansadas que había invitado a seguirle, y especialmente lo vemos dando instrucciones para que lo recuerden cada vez que tomamos el vino y comemos el pan. ¡Qué hermoso! La mesa y lo que sucedía en torno a ella era algo vital para Jesús y sus amigos. 

Y no podemos dejar de reconocer que las primeras personas cristianas vivieron y experimentaron esto a plenitud, cuando vemos lo que describe Hechos 2:46,47.  “…participaban de la comida con alegría y con sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo el favor de todo el pueblo”. RVA 2015

Ese sentido de “alegría y sencillez de corazón” es hermoso para mí, digno de ser imitado. Nuestro sentido de hermandad siempre debe traer a nuestras vidas alegría, esa alegría de vivir que sólo nos trae la gracia de Dios. Y más todavía, nuestra hermandad debe ser inclusiva, alegre, compasiva, de alabanza a Dios. 

Me emociona pensar que nuestra hermandad debe ser una invitación a formar parte de nuestros núcleos, de tal manera que también podamos tener favor con todas las personas. Porque como dice la parte final del versículo 47 “Y el Señor añadía diariamente a su númerolos que habían de ser salvos.” En otras palabras, nosotras nos ocupamos de disfrutar la amistad, disfrutar la compañía de las demás personas, (en torno a la mesa comiendo chiles rellenos con queso) y el Señor se encarga del evangelismo.

¡Que bendición es ser latina y poder disfrutar la vida de esta manera!


La Fuerza de la Hermandad

Por Patty Villareal

Traducido por Alicia Zorzoli

Please click here to read in English

La palabra “fuerza” transmite imágenes de poder y confianza. Dios provee personas, hombres y mujeres, que se cruzan en nuestro camino con una fuerza que maximiza nuestro potencial dado por Dios. Ese poder y esa confianza nos da el valor de actuar para lograr nuestro sueño.

A veces las mujeres tendemos a gravitar más hacia otras mujeres, nuestras hermanas. En mi caso, que es similar al que Alicia Zorzoli describió en el blog del mes pasado, yo no tuve hermanas carnales. Durante mi infancia y juventud sentía envidia de mis amigas que tenían hermanas. Podía ver ese vínculo especial entre ellas. Siempre tenían quien las acompañara cuando salían a otros lugares. Compartían secretos íntimos y se protegían mutuamente. Por supuesto, se peleaban, pero, ¿qué hermanas no lo hacen? Siempre me pregunté cómo sería tener una hermana.

Por la gracia de Dios, cuando conocí a Cristo él me dio montones de “hermanas”. Inmediatamente heredé un mundo de “hermanas”. Tengo el privilegio de compartir un vínculo especial con muchas de ellas. Tengo “hermanas” a quienes contarles mis confidencias y que ellas me las cuentan a mí. Tengo “hermanas” que me protegen, y lo las protejo. Tengo “hermanas” que caminan a mi lado en mi relación con Cristo, y yo camino con ellas para vivir una vida más abundante. Mi vida es muy bendecida gracias a mis “hermanas”. 

Mi sueño y el deseo de mi corazón siempre ha sido descubrir y alentar lo mejor en las demás personas. En mis muchos años como líder, y en mi profesión de trabajadora social, me cruzo con gente que no está consciente de sus dones y talentos. Me encuentro con algunas personas que no tienen confianza en sí mismas, y esa percepción limitada de sí mismas les impide ver cuán valiosas son para Dios.

La misión de mi vida incluye “eliminar las barreras que obstruyen el potencial dado por Dios a los niños y sus familias”. El Señor me ha guiado y permitido hacer esto en la vida de individuos, familias, iglesias y sistemas. Gracias a Dios no lo hice sola. Casi siempre soy parte de un grupo de colegas, o de una comunidad que trabaja para encontrar formas de eliminar esas barreras para las familias; y muchas veces lo hago junto con mis “hermanas”.

¡Eso ya es toda una bendición! Sin embargo, hay una bendición extra que viene cuando recorro esa senda junto a otras personas creyentes. A menudo viene con, y a través de, mis “hermanas” que tienen un mismo trasfondo y una misma comprensión del amor de Cristo hacia nosotras y hacia otras personas. Mis “hermanas” aportan una perspectiva como la de Cristo en la tarea de animar y eliminar las barreras. Muchas veces es un proceso de aprendizaje para un grupo de mujeres de Dios que buscan juntas hacer su voluntad.

El Instituto Cristiano para Líderes Latinas (CLLI por sus siglas en inglés) nació de esa forma. Desde el deseo y la visión de hacer realidad lo mejor en las demás personas y en las comunidades, la semilla de CLLI comenzó en colaboración con una hermana con ideas similares, la doctora Nora Lozano. Partiendo de la base de nuestra amistad y hermandad, en otoño de 2005 las dos líderes latinas comenzamos a soñar y planificar un movimiento para ayudar a otras líderes latinas a maximizar el potencial que Dios les dio. Dios usó conversaciones divinas, nuestras redes y el aliento mutuo a medida que la doctora Lozano y yo comenzamos el proceso de crear y desarrollar juntas este Instituto.

Esto no lo hicimos solas. En estos últimos 14 años Dios trajo a personas amigas, consejeras, consultoras y facultad para trabajar con nosotras.

El concepto inicial de CLLI ahora ha madurado hasta llegar a ser una institución sin fines de lucro, con una Directora Ejecutiva y una Junta Directiva que dirigen nuestra organización. No solo enseñamos a latinas sino también a “latinas de corazón” de las cuales también aprendemos. Todas son mujeres dotadas que siempre nos bendicen mientras continuamos progresando en el Instituto.

Mi amistad y hermandad con Nora Lozano continúa creciendo mucho más allá de los lazos con CLLI. Encontré una cita de Sabrina Newby, CEO y fundadora de la Cámara de Minorías de Georgia, que describe nuestra relación:

“Yo estoy orgullosa de ella, y ella está orgullosa de mí. No hay competencia, mala voluntad, envidia o celos. Somos mujeres seguras, confiadas, que hacemos cada una lo nuestro mientras nos apoyamos mutuamente”.

A eso lo llamo “verdadera hermandad”. Y es mi oración que quienes leen este blog tengan este tipo de hermandad con otras. Que sean mujeres seguras, confiadas, que hacen cada una lo suyo mientras se apoyan mutuamente.

Creo que es casi imposible llegar a ser lo mejor que podamos sin ser parte de una comunidad de “hermanas”. Esta hermandad es un regalo de Dios. Una hermandad está formada por mujeres conectadas genéticamente o por su fe en Cristo, que quieren y pueden caminar a tu lado, alentarte, compartir confidencias y protegerte.

La Biblia habla sabiamente de la importancia de vivir y servir en comunidad: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (Eclesiastés 4: 9, 10). El pasaje continúa diciendo: “También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (Eclesiastés 4: 11, 12). El poder de la comunidad es verdaderamente importante en la Biblia.

Si tienes la bendición de tener una comunidad de “hermanas” a tu alrededor, dale gracias a Dios y no dejes de alimentarla. Si no la tienes, ora pidiendo tenerla. Toma la iniciativa; empieza siendo una buena “hermana” para otras mujeres y, a su tiempo y con la bendición de Dios, podrás disfrutar las riquezas de tener una hermana o una comunidad de hermanas a tu alrededor.

En CLLI nos esforzamos por ser esa comunidad de líderes; una hermandad que se alienta mutuamente en su trayectoria de liderazgo. Al continuar ofreciendo entrenamientos en diferentes sedes, por favor considera unirte a nosotras y ser parte de esta comunidad que nos vincula para lograr la excelencia en Dios.

Patty Villareal, LMSW, Co-fundadora de Instituto Cristiano para Líderes Latinas y profesora auxiliar en la Universidad Bautista de las Américas.