Por: Eva Martínez
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Por eso yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido. Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor… Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.
(Efesios 4:1-2, 32 NVI)
Como mujeres llamadas por Dios al liderazgo, muy pronto nos damos cuenta de que nuestro servicio se desarrolla en medio de otras personas; es un servicio en relación: “Unos con otros”. En ese contexto, nuestra forma de mirar a las demás personas —a nuestros colaboradores, líderes o miembros de nuestras iglesias y de nuestra propia familia—es muy importante. La mirada no es sólo una acción física. Es una disposición del corazón, es una manera de percibir las situaciones que vivimos y a las personas que nos rodean.
Probablemente en alguna ocasión hayas visto esta imagen. Esta es una famosa ilusión óptica conocida como Mi esposa y mi suegra. Fue dibujada originalmente por el caricaturista británico William Ely Hill y publicada en 1915 en la revista Puck, con el pie de imagen: “Ambas están en este dibujo — encuéntralas”.

Es un ejemplo de figura reversible: dependiendo de cómo la mires, puedes ver ya sea a una mujer joven mirando hacia un lado o a una mujer anciana de perfil. ¿Qué es lo que ves? Si solo puedes ver a una mujer joven difícilmente entenderías la descripción que realiza quien ve a una mujer mayor. Pero ambas mujeres están en la imagen, aunque nuestra mirada perciba exclusivamente a una de ellas. Quizás eres de las personas que perciben las dos imágenes. Con algo de apoyo de alguien que te de unas pistas o dedicando un poco más de tiempo y esfuerzo ¿puedes cambiar de una mirada a la otra? Lo importante es reconocer que las dos están ahí.
Este interesante ejercicio nos puede ayudar a reflexionar sobre la importancia de cómo percibimos a las personas con quienes nos relacionamos cotidianamente y cómo nuestra “mirada” puede ser un instrumento para influir positivamente (o no) en su desarrollo.
En mi ministerio he trabajado muchos años en favor de personas con discapacidad intelectual. Gracias a ello he tenido la bendición de conocer a personas valiosas que me han dejado grandes enseñanzas. Como por ejemplo, la importancia de poner el foco en las fortalezas y no en el déficit, de creer en la persona y percibirla no como una receptora pasiva de ayuda sino como ciudadana que puede contribuir a la sociedad con sus talentos. Según sea nuestra percepción de ella, dependerá la forma en que la tratemos e impulsemos el desarrollo de su potencial.
¿Cómo es la mirada que tenemos acerca de las personas con quienes nos relacionamos? ¿Es una mirada que se enfoca en sus talentos y posibilidades o en sus carencias y limitaciones?
Efesios 4 nos invita a vivir de una manera digna del llamamiento recibido, y eso implica asumir una mirada transformada por el evangelio. Tener una mirada que restaura. Pablo nos presenta un camino en nuestro liderazgo, liderazgo en relación: el camino del amor, la humildad, la mansedumbre y la paciencia. “Sopórtense unos a otros con amor”, nos dice. No es una exhortación a la pasividad, sino a la compasión. La palabra “soportar” aquí no es resignarse, sino mantenerse firmes en el amor, incluso cuando la otra persona nos resulta difícil o desafiante. Pues cuando miramos con dureza a otras personas, olvidamos que también nosotros necesitamos gracia, cada día.
Mirar con compasión es ver más allá, como cuando con más tiempo y esfuerzo podemos ver a la otra mujer que está en la imagen; es recordar que la otra persona también está en proceso. Que tiene luchas internas, heridas que no vemos, temores que tal vez no entiende ni ella misma. Tal como me pasa a mí.
Mirar con compasión es ver a la persona con los ojos con que Cristo nos ha mirado a nosotras. Y es en ese contexto que Pablo termina el capítulo diciendo: “más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros”. Repitiendo esto de la existencia de unos y otros, dando la idea de diversidad donde muy probablemente los unos tenían ideas distintas a las de los otros. Y donde se necesitaba una mirada no sólo de compasión sino de desafío, de invitación al crecimiento y desarrollo. “Perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo”. El perdón no nace de un sentimiento momentáneo, sino de una decisión sostenida por la memoria de la cruz. Cuando recordamos cuánto nos ha perdonado Dios, se debilita nuestro afán de condenar, y se fortalece nuestra capacidad de aceptar y restaurar.
La mirada compasiva y la mirada de desafío a ser mejores se alimentan de la seguridad de sabernos amadas por Dios.
Querida amiga en el liderazgo: El Señor no nos ha llamado para levantar muros que nacen de la dureza de nuestra mirada, sino para abrir caminos de posibilidad y reconciliación. No estamos solas en esta tarea. El Espíritu Santo está obrando en ti y en mí, para transformar nuestra manera de ver a las demás personas. Hoy podemos pedirle que nos enseñe a mirar con los ojos de Cristo: ojos que ven más allá de las heridas, que esperan lo mejor, y que bendicen.

Eva Martínez es licenciada en psicología con maestría en salud mental y discapacidad, coordinadora del programa de familias fortalecidas e incluyentes de Effeta ABP, institución que busca impulsar la inclusión y el ejercicio de los derechos de las personas con discapacidad intelectual y sus familias. Es graduada del CLLI Monterrey (2018) y miembro del consejo directivo del mismo. Además, sirve junto a su esposo, Joel Sierra, en el pastorado de la Comunidad Bautista Jiréh de Monterrey. Es mamá de 4 hijos: Andrés, Luz Daniela, Samuel y Miguel.