Por Anna Rodriquez

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Ya te lo he ordenado: ¡Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el Señor tu Dios te acompañará dondequiera que vayas. Josué 1:9 (NVI)

Al enfrentar los desafíos políticos y sociales, demostrar audacia sirve como una postura mesurada contra la aprensión y la negatividad. Implica articular las propias perspectivas a pesar de la incertidumbre, aceptar el cambio y apoyar firmemente los valores y aspiraciones personales. Esta valentía surge internamente, no del estímulo externo.

Este principio guió mi respuesta a una situación reciente. Hace poco, recibí una invitación de unas clientes antiguas para desayunar y reconectarnos. Dudé, preguntándome si podría acomodar mis compromisos, pero me di cuenta de que salir de mi zona de confort se alineaba con mis valores. Aunque inicialmente me incliné a rechazar la invitación, el entusiasmo genuino en su voz me impulsó a aceptar.

Las señoras habían planeado cuidadosamente un desayuno para que pudiéramos reconectarnos y compartir historias sobre los éxitos de sus hijos y sus crecientes familias. Cuando me agradecieron, respondí que toda la honra pertenece a Dios, y añadí: “Ustedes hicieron el trabajo difícil; yo hice el trabajo del corazón”. Les recordé que la audacia significa asumir riesgos y actuar con valentía, especialmente ante la incertidumbre.

Elogié a las mujeres por aceptar la incomodidad al probar cosas nuevas, alzar la voz y enfrentar tareas intimidantes. La audacia no consiste en ser ruidosa ni imprudente; es elegir hablar cuando el silencio es más fácil, expresarse con autenticidad y decir sí a la incertidumbre a pesar del miedo.

Mientras conducía a casa después del desayuno, recibí una llamada de mi hija menor. Me contó sobre una experiencia que había compartido previamente en su grupo de mujeres sobre la salud de su esposo. El no se había estado sentiendo bien y fue ingresado a urgencias, donde el personal médico encontró una obstrucción arterial del 99%; estaba al borde de un infarto. Los médicos recomendaron el colocar un stent. Antes del procedimiento, su esposo mencionó que se sentía ansioso.

Mi hija recordó una frase que la impulsó a orar por él. Después, él se mostró más tranquilo y pasó por la cirugía de una manera exitosa. Mi hija me dijo que durante esos moments sentía mi voz —el aliento de su madre— en lo más profundo de su ser, inspirándola a actuar con valentía. Recordó haberme oído orar con asertividad ante diversas situaciones y, al enfrentarse al miedo, comprendió qué pasos debía dar.

Mientras continuamos nuestra conversación, mi hija puso la cereza en el pastel cuando expresó que después de compartir su oración audaz con el grupo de mujeres, ellas ahora han implementado el “enseñar a sus hijas” a orar en voz alta, con audacia, valentía y fe. La audacia no es una característica reservada para unas pocas personas, ni una cualidad innata, es una habilidad que cualquiera puede cultivar y desarrollar. Al elegir la valentía por encima de la comodidad, y al aceptar el tomar riesgos calculados y acciones intencionales con propósito, las personas pueden crear nuevas posibilidades y oportunidades para sí mismas y para quienes les rodean.

La audacia es una rebelión silenciosa contra el miedo. Es una declaración de que tu voz, tus sueños, tu presencia, importan. Así que sé audaz. No porque el mundo lo exija, sino porque tu alma lo exige.

Más todavía, la audacia representa un desafío mesurado al miedo. Es una clara afirmación de que la voz, las aspiraciones y la presencia de cada persona tienen un valor inherente. Es importante buscar la audacia, no por presiones externas, sino porque se alinea con las convicciones propias.

Como líderes cristianas latinas, los miembros de nuestras comunidades recurren a nosotras con frecuencia en sus momentos más difíciles. En estos momentos de desesperación, animarles a ser audaces y alzar la voz contra el miedo que intenta abrumarlas, se convierte en un poderoso testimonio de fe inquebrantable y confianza en el poder de Dios. Esta respuesta valiente refleja nuestra profunda convicción y demuestra a las personas que servimos a un Dios vivo, atento y receptivo.

Cuando elegimos ser audaces y alzamos la voz con fe, inspiramos a quienes nos rodean a creer en lo imposible, a mantenerse firmes en la verdad y a acercarse al trono de la gracia sin vacilar.

Anna Rodriquez es miembro de la junta directiva del CLLI y se graduó del mismo en 2010. Ha trabajado en el campo de los servicios sociales por más de 25 años y tiene una maestría y una licenciatura en administración pública de la Universidad de Texas, Odessa, Texas.