Por Raquel Contreras

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Una de las cosas que más disfruto de ser latina es la libertad que tenemos para llegar a la casa de nuestra familia o amistades y quedarnos conversando por horas. La sobremesa en nuestras reuniones familiares es una tradición que nos une y ayuda a disfrutar la vida y recuperar nuestra historia.

Creo que las mujeres latinas practicamos esto con mucha gracia y fuerza todo el tiempo. Cada vez que alguien llega a nuestra casa, lo primero que preguntamos es: ¿te puedo servir un vaso de agua? ¿un café? Este sentido de hospitalidad a través de la comida, por muy simple que sea, trae una relación de acercamiento que produce un fuerte sentido de hermandad.

En mi país, Chile, tenemos una frase entre mujeres, que a todas nos hace mucho sentido: “Conversémonos un café”. Eso quiere decir, sentémonos, tomemos un café y hablemos de la vida. Practiquemos la amistad.

Este sentido de amistad (hermandad) en torno a la mesa es una realidad muy presente en la vida de la mujer latina. Es interesante que, aunque tengamos trabajos fuertes que requieren de mucha diligencia de nuestra parte, aunque usamos nuestra mente para cálculos matemáticos o para tomar decisiones trascendentes para otras personas o en empresas, nos sentamos en la mesa con nuestras amigas y conversamos de las cosas simples de la vida. ¿Cómo haces tú los chiles rellenos? ¿Dónde compras tu ropa? ¿A qué jugabas cuando eras niña? 

La mesa de la mujer latina es un espacio que llenamos con nuestro sentido de hermandad, de amistad, de aprender la una de la otra.

Me encanta pensar que Jesús practicaba esto siempre. Lo vemos sentado a la mesa de las personas que no tenían muy buena reputación pasando un rato alegre, lo vemos sirviendo el desayuno para sus amigos después de que ellos pasaron una larga noche trabajando, lo vemos dando de comer a más de cinco mil personas cansadas que había invitado a seguirle, y especialmente lo vemos dando instrucciones para que lo recuerden cada vez que tomamos el vino y comemos el pan. ¡Qué hermoso! La mesa y lo que sucedía en torno a ella era algo vital para Jesús y sus amigos. 

Y no podemos dejar de reconocer que las primeras personas cristianas vivieron y experimentaron esto a plenitud, cuando vemos lo que describe Hechos 2:46,47.  “…participaban de la comida con alegría y con sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo el favor de todo el pueblo”. RVA 2015

Ese sentido de “alegría y sencillez de corazón” es hermoso para mí, digno de ser imitado. Nuestro sentido de hermandad siempre debe traer a nuestras vidas alegría, esa alegría de vivir que sólo nos trae la gracia de Dios. Y más todavía, nuestra hermandad debe ser inclusiva, alegre, compasiva, de alabanza a Dios. 

Me emociona pensar que nuestra hermandad debe ser una invitación a formar parte de nuestros núcleos, de tal manera que también podamos tener favor con todas las personas. Porque como dice la parte final del versículo 47 “Y el Señor añadía diariamente a su númerolos que habían de ser salvos.” En otras palabras, nosotras nos ocupamos de disfrutar la amistad, disfrutar la compañía de las demás personas, (en torno a la mesa comiendo chiles rellenos con queso) y el Señor se encarga del evangelismo.

¡Que bendición es ser latina y poder disfrutar la vida de esta manera!


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