Por Carolyn Porterfield

Traducido por Alicia Zorzoli

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Seis meses después de la firma de la Declaración de la Independencia, la Revolución Americana parecía totalmente perdida. El general Jorge Washington no tenía tropas suficientes, y algunos de sus soldados estaban llegando al fin de su tiempo de servicio. Los recursos eran escasos. El invierno era brutal. El enemigo era poderoso, estaba bien entrenado y mejor equipado que el ejército colonial.

Thomas Paine escribió estas palabras que describen la situación: “Estos son tiempos que prueban el alma de los hombres: el soldado de verano y el patriota cuando el sol brilla, en tiempos de crisis se retraen de servir a su país”, (tomado de GoodReads.com).

El soldado de verano y el patriota cuando el sol brilla solo servían cuando las cosas iban bien y estaban del lado vencedor. Pero cuando llegaban los tiempos difíciles y la guerra parecía perdida, no se los veía por ningún lado.

El año pasado fue un tiempo que probó nuestra alma. Una pandemia que todavía no termina, disturbios raciales, una elección polémica y una tormenta invernal en Texas y estados vecinos como no habíamos visto en décadas, nos han probado. Nos damos cuenta del costo físico, psicológico y emocional que han significado estos meses. ¿Pero consideramos el costo espiritual para nuestra alma? 

Los líderes, en particular, fueron quienes más sufrieron. Ellos sienten el peso de la responsabilidad de cuidar a aquellas personas a quienes lideran mientras que a veces se descuidan a ellos mismos en el proceso. Pero los líderes sabios saben que la salud de su alma es crítica para ser efectivos.

En su libro A Work of Heart (Un trabajo de corazón), Reggie McNeal describe a líderes que pierden el corazón. Yo he experimentado tiempos en mi liderazgo cuando estas palabras fueron realidad para mí. Me di cuenta de que no solo perdí yo, sino que también perdí a quienes lideraba. También me di cuenta de que eso no era lo que Dios quería de mí.

Como seguidoras de Jesús, no hemos sido hechas para liderar con nuestra fuerza. Jesús extiende esta invitación a nuestra alma cansada y turbada: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma” (Mateo 11:28, 29, NVI).

Haz este experimento. Toma una jarra de vidrio pequeña y pon algo de tierra en el fondo. Llena la jarra con agua y sacúdela. ¿Qué ves? El agua se llena de tierra. Ahora deja la jarra quieta por unos minutos. ¿Qué cambios notas? Cuando permites que la jarra quede quieta por unos minutos, la tierra se asienta. Queda espacio para ver algo más que tierra.

Lo mismo puede pasar con nuestra alma. Permitimos que la “tierra” de la vida llene nuestra alma, y esto bloquea la presencia y la voz de Dios. Pareciera no quedar espacio para Él porque la familia, el trabajo, el ministerio y más aparentemente lo han empujado hacia afuera. Necesitamos hacer espacio en nuestra vida para aquel que nos cuida. En soledad y en silencio las cosas de la vida se asientan y abren espacio para Dios.

Ruth Haley Barton habla de soledad y silencio en su libro Strengthening the Soul of Your Leadership (Fortaleciendo el alma de tu liderazgo). Ella describe la soledad como un lugar de rescate de la pesada carga que a menudo sentimos como líderes. Tú entiendes lo que quiero decir. El trabajo nunca se acaba. Tengo que seguir empujando para cumplir con las demandas. Me voy a ocupar de mi alma cuando termine este proyecto. Pero, si no me cuido, viene el siguiente proyecto y sigo descuidando mi alma.

Durante esos días que prueban nuestra alma necesitamos que nos rescaten. Se ha puesto demasiada presión en las líderes para que encontraran cómo sobrevivir y hasta triunfar durante este año pasado. Ese es un trabajo agotador. Nuestra alma necesita soledad para volverse a conectar con aquel que nos ama y nos atrae hacia Él.

Busca un espacio donde puedas estar sola, aunque sea en un guardarropa. Respira profundo para calmar tu mente, y relaja tu cuerpo. Invita a Jesús a encontrarse contigo. Disfruta su presencia. Libérate de la presión de encontrar las palabras correctas. Simplemente está con Él.

A la soledad le acompaña el silencio. Muchas veces nos sentimos incómodas con el silencio en nuestro mundo lleno de ruidos. Sin embargo, es necesario para poder escuchar la voz de Dios. Nuevamente, Barton es muy sabia cuando describe el silencio. En el silencio dejamos de hablar. Ella dice que, en esencia, abandonamos el control y permitimos que Dios sea Dios. Él nos dice que nos quedemos quietos y conozcamos que Él es Dios. Esto ayuda a poner la vida en la perspectiva correcta. Empezamos a darnos cuenta de que es posible liberarnos de las pesadas demandas y expectativas que se ponen sobre quienes lideran.

¿Lo entendiste? Nuestra alma necesita ser rescatada del despiadado esfuerzo humano. Aunque sea difícil, podemos abandonar el control y dejar que Dios sea Dios. Así como una madre consuela a su hijito que llora, así nuestro Padre nos sostiene cuando nuestra alma ha sido azotada y nos sentimos vacías. Él nos abre sus brazos. En silencio y en soledad descansamos en Él. No se necesitan las palabras. Solo escuchar.

A medida que descansamos y escuchamos, Él se da a conocer. Nos recuerda que somos sus hijas amadas que hemos sido receptoras de su misericordia y de su gracia. Él nos dice que no estamos solas. Que nunca nos dejará ni nos abandonará. No tenemos que imaginar cuales serán nuestros siguientes pasos porque Él va delante de nosotros y nos enseñará el camino por el que debemos andar. Él allanará los lugares ásperos y llenará de luz los lugares oscuros. Estas son las cosas que Él va a hacer por nosotras.

Los tiempos que estamos viviendo prueban nuestra alma como líderes. Pero ahora no es el tiempo para los “discípulos de verano” ni para los “líderes cuando el sol brilla”. Es el tiempo para que los líderes actúen con confianza. Eso es posible, cuando cuidamos nuestra alma y llegamos a ser las líderes que Dios quiere que seamos.

Carolyn Porterfield, profesora de CLLI y miembro de su Junta Directiva, ha servido en posiciones de liderazgo por más de 40 años. Ella escribe de su propia experiencia como alguien que todavía está aprendiendo a cuidar bien de su alma.

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