Por Verónica Rodríguez Navarro

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Debido a las celebraciones de Semana Santa, durante este mes hemos escuchado mucho acerca de las mujeres que estaban alrededor de Jesús. Hablar de ellas nos da la oportunidad de identificarnos, y además de encontrar un aprendizaje y aplicación para nuestra vida.

En el pasaje de Marcos 14 encontramos a una de estas mujeres. Esta historia nos habla sobre la mujer de Betania que ungió la cabeza de Jesús antes de su muerte, y además provee un espacio para reflexionar más profundamente sobre la adoración.

Pero estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza…  De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella”.  Marcos 14:3 y 9

Una adoración sin presunción: “…vino una mujer…”

La tendencia humana es la exaltación personal en cualquier ámbito que se desarrolle; hacerse notar por sus habilidades, talentos o grandes virtudes, que la gente vea que es una persona digna de ser exaltada y admirada. Pareciera que se busca con afán y desesperación el ocupar el escenario de la “adoración”.

La mujer de Betania sabía que Jesús estaba en la casa de Simón. Así que se hizo presente en ese lugar, solo le interesaba llegar hasta donde estaba el Maestro. Ella entró en esa casa con un propósito firme: adorar a Jesús. No le importaron las personas que estaban ahí. Su mirada, desde el instante en el que entró, se centró en Jesús y todo lo que haría era para agradarle a Él, mostrándole que su adoración, devoción, intención, tiempo y acción, eran solo para manifestar que él y nada más que él, movía su corazón en ese instante.

Nuestra adoración debe ser sin presunción ante las demás personas, percibida y aceptada por Dios.

Una adoración desprendida: “…con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio…”

Desprender, despegar, separar, ceder algo valioso, lujoso, de gran costo para alguien más, son las palabras que pueden describir la acción de entrega de la mujer de Betania.

¿Cuál es la posesión más valiosa que tenemos en nuestra vida? ¿Estaríamos sinceramente dispuestas a ceder esa posesión para honrar a Dios? Implica renuncia, humildad, sumisión, pérdida. ¿Qué es lo que estás dispuesta a perder para que tu adoración sea aceptable a Dios?

La esencia del nardo puro es muy valiosa, ya que se obtiene de una planta que crece en el Himalaya entre los 3,300 y 5,100 metros de altura, y se utiliza como artículo medicinal o de perfumería.

El perfume de nardo puro en la vida de una mujer, y el fruto que éste conlleva, solamente se obtienen en la presencia de Dios, en las alturas a las cuales nos transporta la oración y comunión diaria con Dios. Estas experiencias podrían llegar a ser la posesión más grande del ser humano, debido al lugar a donde nos han llevado. Sin embargo, el presentar este perfume ante Dios, nos lleva todavía más lejos: a desprendernos de nuestra voluntad para así hacer la voluntad perfecta de Dios.

Una adoración fragmentada: “…y quebrando el vaso de alabastro…”

El quebranto es el estado en el que el ser humano padece, sufre, es debilitado y probado, y puede morir.   

Un alabastro era un recipiente hecho de piedra calcárea muy fina, de color amarillento o crema con una gran variedad de diseños. En éste se conservaban mucho mejor los ungüentos o perfumes costosos. Para abrir un alabastro y obtener el beneficio de su contenido, era necesario quebrar la parte superior del frasco y así volcar el contenido.

La adoración fragmentada es aquella que en muchas ocasiones quebranta el corazón de quien adora al ser moldeado por las manos del Amoroso Alfarero de su alma. La adoración que la mujer de Betania fragmentó en sus manos, era el reflejo de su corazón humillado ante su Señor.

La mujer que es fragmentada en las manos de Dios y que permite que el perfume puro que posee en su ser, sea volcado en él, es la fragancia que sube a Su presencia y desprende su aroma para impregnara a quienes la rodean.

Una Adoración entendida: “…se lo derramó sobre su cabeza”.

La mujer de Betania estaba cumpliendo con uno de los últimos actos públicos en los que Jesús anuncia su muerte. Ella lo estaba ungiendo para el sepulcro, y sin saberlo fue el instrumento de Dios para que las Escrituras se cumplieran.

Debemos ser conocedoras de la Palabra, y entendidas del mover de Dios en medio de su pueblo. Debemos estar listas para ungir con adoración a Jesús y no perder el privilegio que Dios nos ha dado de ser sus instrumentos.

Una Adoración aceptable: “…también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella”.

La adoración es un acto consciente y voluntario en el que quien adora ha reconocido que Dios es el único Redentor y Salvador de su vida. La gracia de Cristo sobre el pecador crea en la persona creyente un “Ciclo de la adoración”, donde Dios se acerca al ser humano para bendecirle con Su Presencia y perdón, y el ser humano responde adorándole consiente y voluntariamente, sin esperar nada para sí, solo agradeciendo el favor que ha recibido. Dios bendice al ser humano nuevamente en respuesta a su adoración y éste adora con entrega a su Señor. Este ciclo se repite una y otra vez, mientras el ser humano tenga memoria y la bondad de Dios no se agote.

La mujer de Betania encontró en Jesús perdón y salvación. Jesús encontró en la mujer una adoración y gratitud real. El resultado de esta adoración fue la paz de Dios en la vida de esta mujer y que su adoración trascendiera hasta el día de hoy, siendo recordada como una adoración aceptable a Dios.

Conclusión

Más importante que resaltar el acto de adoración de la mujer de Betania, es resaltar a la persona de Jesús que la movió a adorar de esta manera. Por lo tanto, el mejor ejemplo de una persona adoradora es Cristo mismo, quien llegó a este mundo sin presunción, desprendido de sí mismo, fue fragmentado o quebrantado, entendido de cumplir su propósito y recibido como la adoración perfecta delante de Dios.  

La sola idea de pensar en ofrecer una adoración a Dios similar a la que ofreció Jesús puede resultar abrumante. Sin embargo, les invito a que pensemos: ¿A qué nos desafían en nuestra vida de adoración tanto Jesús cómo esta mujer? ¿Qué pasos pequeños y conscientes podemos implementar hoy mismo para acercarnos más a este tipo de adoración?

Verónica Rodríguez Navarro es directora de la Escuela de Música y Capacitación Ministerial Hudbe. Tiene un bachiller en Ministerio Musical y Adiestramiento Ministerial por el Seminario Teológico Bautista Mexicano en la Ciudad de México y un certificado en Estudios de Liderazgo por el Instituto Cristiano para Líderes Latinas (CLLI). Sirve como ministro de Adoración en la Iglesia Bautista Bethel y como coordinadora de la extensión del Instituto Cristiano para Líderes Latinas en la ciudad de México.

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