Por Becky Klein

Traducido por Alicia Zorzoli

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¿Qué es eso de la hermandad entre mujeres? En mi experiencia ha sido la bendición de contar con una o más mujeres que tienen un vínculo en común, que comparten confidencias sin emitir juicios ni violar la confianza, y que brindan esperanza y alivio cuando alguien enfrenta tiempos de dificultad, confusión o tristeza.

A lo largo de los años encontré este tipo de relación en ciertas instancias particulares que fueron y siguen siendo muy importantes para mí. Una de esas situaciones ocurrió siendo militar cuando me enviaron al Medio Oriente. Fui una de solo dos mujeres en mi unidad militar. Llegué a una tierra extraña sin conocer a nadie más que mi colega femenina. Muy pronto no solo nos hicimos amigas sino que también lo hicimos con las pocas otras mujeres en uniforme que vivían en aquel campamento militar. Juntas experimentamos las realidades diarias de la vida militar como acostumbrarnos a usar las letrinas y a ducharnos una vez por semana. También compartíamos nuestra preocupación por nuestros hijos y demás familiares al otro lado del mundo. Nos ocupamos de mantenernos al mismo nivel físico de nuestros colegas varones. Compartíamos intereses similares respecto a nuestros hábitos alimenticios, manteníamos nuestra carpa lo más ordenada posible, y hasta nos ocupábamos de esas “necesidades” pintorescas como la de asegurarnos de que las uñas de nuestros pies estuvieran bellamente pintadas dentro de las duras botas militares. Sobre todo, debimos acostumbrarnos a una tierra que segregaba a las mujeres en los lugares públicos, que limitaba nuestras actividades como manejar o ir al gimnasio, y que nos restringía forzadamente en lo que podíamos vestir cuando salíamos de la base militar.

Ninguna de nosotras sabía lo que nos iba a pasar al día siguiente debido a los alertas diarios de misiles que nos sobrevolaban o a las amenazas diarias de una guerra química o biológica. Era reconfortante tener un grupo de mujeres que experimentábamos juntas estas presiones y anormalidades. Esto aumentaba nuestra confianza unas en las otras y también en nosotras mismas. Nuestra hermandad era un refugio seguro frente a las amenazas existenciales y externas.

Este mismo vínculo de hermandad entre mujeres lo experimento en mi lugar de trabajo. Más del noventa y cinco por ciento de las personas que empleo son mujeres. Esto no es porque lo haya premeditado sino porque las mujeres que se presentan en mi órbita de trabajo demuestran ser las más calificadas y experimentadas para la tarea. Además, las otras empresas que comparten el área de mi oficina están dirigidas por mujeres que también han empleado principalmente a mujeres. Durante los últimos doce años este grupo de profesionales femeninas nos hemos reunido para aprender unas de las otras tanto en lo profesional como en lo personal.

Por ejemplo, la semana pasada quince de nosotras nos juntamos en la oficina a la hora de la comida para comer y, al mismo tiempo, escuchar a una autora que nos enseñaba lo que significa para una mujer el llegar a ser financieramente sabia e independiente. Compartimos experiencias y preguntas en cuanto a nuestras relaciones y puntos de vista respecto al dinero. Muchas veces es difícil conversar sobre este tema con nuestros seres queridos, y mucho menos con nuestros colegas en la oficina. Sin embargo, como una hermandad de mujeres profesionales, nos sentimos seguras para compartir conversaciones sensitivas y preocupaciones financieras personales. Dejamos esa comida sintiéndonos más enriquecidas al haber aprendido de unas de las otras respecto a nuestras tribulaciones y nuestras fortalezas.

El Instituto Cristiano para Líderes Latinas (CLLI por sus siglas en inglés) brinda ese mismo tipo de experiencia de hermandad entre mujeres. Sin embargo, dado que el fundamento de esta institución está basado en el poder, la gracia y la sabiduría de la Palabra de Dios, esta hermandad es una experiencia mucho más profunda. No se trata simplemente de compartir vínculos geográficos debido a amenazas externas. Es más que juntarnos porque tenemos metas y afinidades en lo profesional.

CLLI crea una red de mujeres que andan a la luz del Espíritu Santo y demuestran el amor de Cristo; un amor que no cambia a pesar de las circunstancias, el tiempo o la distancia. La hermandad de CLLI provee un lugar donde aprender mediante la gracia y el empoderamiento. Este grupo entiende que cada una somos eternas y somos un reflejo de Dios. No se trata de estar unidas debido a las situaciones externas de la vida, sino que significa estar conectadas desde ese punto muy dentro de nosotras mismas que anhela conocer profundamente a nuestro Creador, y compartir unas con otras el propósito de Dios para cada una en esta dimensión de la vida.

Es mi deseo que tú hayas tenido una experiencia de hermandad entre mujeres. Pero más que esto, es mi oración que te sientas llamada a entrar en la hermandad de CLLI para crecer con nosotras mientras aprendemos a liderar en el poder y la gracia de Dios.

(*) Nota de la traductora. Últimamente se está usando el término sororidad como el relativo al vocablo inglés sisterhood. El Diccionario de la RAE define sororidad como “Amistad o afecto entre mujeres. Relación de solidaridad entre mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento”. Dado que todavía su uso no es generalmente conocido preferimos usar la frase “hermandad entre mujeres” para traducir sisterhood.



By Becky Klein

Para leer la version en español el clic aquí.


What is sisterhood, anyway? In my experience it has been the blessing to have one or more women who share a common bond; who share confidences without assigning judgement and without violating trust; and whom provide hope and solace when encountering times of difficulty, confusion or sadness.

Over the years, I have found sisterhood in a few select instances that were, and continue to be, extremely meaningful to me.  One of those times was when I deployed in the military to the Middle East. I was one of two women who deployed from my unit.  I arrived in a strange land knowing no one but my fellow female colleague.  Soon, we not only bonded with each other; but also, with the other few women in uniform in our Tent City.  We experienced together the realities of daily military life like adjusting to out-houses and weekly showers.  We also fretted about our children and family on the other side of the world.  We were concerned with keeping up physically with our male colleagues.  We also had shared interests in our eating habits, keeping our tents tidy; and even partook in random urges like ensuring we had pretty painted toes inside our hardened military boots.  Moreover, we had to accustom ourselves to a land that segregated women in public places, limited our activities like driving and going to the gym, and forced restrictions on what we could wear when we went off base. 

None of us knew what the next day would bring given the daily scud missile alerts and threats of a chemical or biological war. Having a group of women that experienced together these pressures and anomalies was comforting.  It gave us confidence in each other and in ourselves.  The sisterhood was a safe haven from existential and external threats. 

I also have experienced sisterhood in my office.  Over ninety-percent of the people I have employed have been women.  Not because I have pre-meditated that, but because women have shown up in my orbit that happen to be the most qualified and experienced for the jobs.  Moreover, the other companies that share space in my office suite  are run by women who have also employed mostly females. Over the course of the last twelve years, this group of professional women have come together to learn from each other professionally and personally. 

For instance, last week fifteen of us gathered in the office for lunch while listening to a female author teach us about what it means for women to become financial savvy and independent. We shared stories and questions about our relationship and philosophy about money.  This topic is often difficult to discuss with our significant others, much less with officemates.  However, as a sisterhood of professionals, we felt safe in sharing sensitive conversations and personal financial worries. We left the lunch each more enriched by learning from each other’s tribulations, and wisdoms. 

Christian Latina Leadership Institute (CLLI) provides the same kind of sisterhood experience.  However, given that the foundation of CLLI is anchored in the power, grace and wisdom of the Word of God, the CLLI sisterhood is a much deeper experience.  It’s not just about having shared geographical bonds due to external threats.  It is more than coming together due to professional commonalities and goals.  

CLLI provides a network of women who walk in the Light of the Holy Spirit and exude the love of Christ—a love that is changeless regardless of circumstances, time or distance.  The sisterhood of CLLI provides a place of learning through grace and empowerment.  The sisterhood of CLLI understands that we are each eternal and a reflection of Godself. It’s not about uniting due to life’s externalities; but rather, it’s about connecting from that spot deep within ourselves that yearns to know profoundly our Creator and to share with each other God’s His purpose for us in this dimension of life. 

I hope you have had a sisterhood experience.  But more so, my prayer is that you are called to come join the sisterhood at CLLI, and grow with us as we learn to lead in the power and grace of God. 


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Por Raquel Contreras

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Una de las cosas que más disfruto de ser latina es la libertad que tenemos para llegar a la casa de nuestra familia o amistades y quedarnos conversando por horas. La sobremesa en nuestras reuniones familiares es una tradición que nos une y ayuda a disfrutar la vida y recuperar nuestra historia.

Creo que las mujeres latinas practicamos esto con mucha gracia y fuerza todo el tiempo. Cada vez que alguien llega a nuestra casa, lo primero que preguntamos es: ¿te puedo servir un vaso de agua? ¿un café? Este sentido de hospitalidad a través de la comida, por muy simple que sea, trae una relación de acercamiento que produce un fuerte sentido de hermandad.

En mi país, Chile, tenemos una frase entre mujeres, que a todas nos hace mucho sentido: “Conversémonos un café”. Eso quiere decir, sentémonos, tomemos un café y hablemos de la vida. Practiquemos la amistad.

Este sentido de amistad (hermandad) en torno a la mesa es una realidad muy presente en la vida de la mujer latina. Es interesante que, aunque tengamos trabajos fuertes que requieren de mucha diligencia de nuestra parte, aunque usamos nuestra mente para cálculos matemáticos o para tomar decisiones trascendentes para otras personas o en empresas, nos sentamos en la mesa con nuestras amigas y conversamos de las cosas simples de la vida. ¿Cómo haces tú los chiles rellenos? ¿Dónde compras tu ropa? ¿A qué jugabas cuando eras niña? 

La mesa de la mujer latina es un espacio que llenamos con nuestro sentido de hermandad, de amistad, de aprender la una de la otra.

Me encanta pensar que Jesús practicaba esto siempre. Lo vemos sentado a la mesa de las personas que no tenían muy buena reputación pasando un rato alegre, lo vemos sirviendo el desayuno para sus amigos después de que ellos pasaron una larga noche trabajando, lo vemos dando de comer a más de cinco mil personas cansadas que había invitado a seguirle, y especialmente lo vemos dando instrucciones para que lo recuerden cada vez que tomamos el vino y comemos el pan. ¡Qué hermoso! La mesa y lo que sucedía en torno a ella era algo vital para Jesús y sus amigos. 

Y no podemos dejar de reconocer que las primeras personas cristianas vivieron y experimentaron esto a plenitud, cuando vemos lo que describe Hechos 2:46,47.  “…participaban de la comida con alegría y con sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo el favor de todo el pueblo”. RVA 2015

Ese sentido de “alegría y sencillez de corazón” es hermoso para mí, digno de ser imitado. Nuestro sentido de hermandad siempre debe traer a nuestras vidas alegría, esa alegría de vivir que sólo nos trae la gracia de Dios. Y más todavía, nuestra hermandad debe ser inclusiva, alegre, compasiva, de alabanza a Dios. 

Me emociona pensar que nuestra hermandad debe ser una invitación a formar parte de nuestros núcleos, de tal manera que también podamos tener favor con todas las personas. Porque como dice la parte final del versículo 47 “Y el Señor añadía diariamente a su númerolos que habían de ser salvos.” En otras palabras, nosotras nos ocupamos de disfrutar la amistad, disfrutar la compañía de las demás personas, (en torno a la mesa comiendo chiles rellenos con queso) y el Señor se encarga del evangelismo.

¡Que bendición es ser latina y poder disfrutar la vida de esta manera!


By Raquel Contreras

Para leer la version en español, haga clic aquí.


As a Latina, one of the things that I enjoy the most about visiting friends or family in their homes is feeling so welcomed and free to stay over and talk for hours.  The after-dinner fellowship in our gatherings is a tradition that unites us and helps us enjoy life together and reminisce about our history.

I believe that Latinas always practice this with great grace and strength. Every time someone comes to our home, the first thing we ask is: “Can I serve you a glass of water or coffee? This sense of hospitality through food, however simple this offer may be, brings about a closeness to our relationships, and produces a strong sense of sisterhood.

In my country, Chile, we have a phrase among women, which makes a lot of sense to us: “Conversémonos un café” – “Let’s talk a coffee”. That means, let’s sit down, have a coffee and talk about life. Let’s practice friendship.

This sense of friendship (sisterhood) around the table is a very present reality in the life of Latinas. Some of us may have hard jobs that require a lot of diligence on our part.  And some of us may use our mind for mathematical calculations or to make transformative decisions for other people or for companies; Yet we relish sitting at the table with our friends and talk about the simple things of life: How do you make chiles rellenos (stuffed peppers)? Where do you buy your clothes? What did you play when you were a girl?

The dining table of a Latina is a space that we fill with our sense of sisterhood, of friendship, and a place where we learn from one another.

I love thinking that Jesus always practiced this. We see him sitting at the table with people who did not have a very good reputation and having a good time.  We see him serving breakfast for his friends after they spent a long night working.  We see him feeding more than five thousand tired people that he had invited to follow him.  We especially observe him giving special instructions to remember him every time we drink the wine and eat of the bread. How beautiful! The table and what was happening around it, was of great importance for Jesus and his friends.

Acts 2:46-47 reminds us how the early Christians lived and experienced this fully, “Every day they devoted themselves to meeting together in the temple complex, and broke bread from house to house. They ate their food with a joyful and humble attitude, praising God and having favor with all the people. And every day the Lord added to them those who were being saved.” (HCSB)

That sense of “joy and humbleness of heart” is beautiful for me, worthy of being imitated. Our sense of sisterhood must always bring joy to our lives—a joy to live that can only come from the Grace of God in us. Furthermore, the humbleness of our hearts should influence our sisterhood to be inclusive, cheerful, compassionate, and a praise to God.

I get excited to think that our sisterhood is an invitation to be part of the different circles we belong to, so that we can also have favor with all people. The final part of Acts 2 verse 47 affirms, “And every day the Lord added to them those who were being saved.” In other words, if we take care of communing with our friends and others (eating “chiles rellenos with cheese” around the table), the Lord will take care of evangelism.

What a blessing it is to be a Latina and to be able to enjoy life this way!   

Raquel Contreras is the general director of Editorial Mundo Hispano in El Paso, TX. She serves on the Board of Directors of CLLI.


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La Fuerza de la Hermandad

Christian Latina Leadership Institute

Por Patty Villareal

Traducido por Alicia Zorzoli

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La palabra “fuerza” transmite imágenes de poder y confianza. Dios provee personas, hombres y mujeres, que se cruzan en nuestro camino con una fuerza que maximiza nuestro potencial dado por Dios. Ese poder y esa confianza nos da el valor de actuar para lograr nuestro sueño.

A veces las mujeres tendemos a gravitar más hacia otras mujeres, nuestras hermanas. En mi caso, que es similar al que Alicia Zorzoli describió en el blog del mes pasado, yo no tuve hermanas carnales. Durante mi infancia y juventud sentía envidia de mis amigas que tenían hermanas. Podía ver ese vínculo especial entre ellas. Siempre tenían quien las acompañara cuando salían a otros lugares. Compartían secretos íntimos y se protegían mutuamente. Por supuesto, se peleaban, pero, ¿qué hermanas no lo hacen? Siempre me pregunté cómo sería tener una hermana.

Por la gracia de Dios, cuando conocí a Cristo él me dio montones de “hermanas”. Inmediatamente heredé un mundo de “hermanas”. Tengo el privilegio de compartir un vínculo especial con muchas de ellas. Tengo “hermanas” a quienes contarles mis confidencias y que ellas me las cuentan a mí. Tengo “hermanas” que me protegen, y lo las protejo. Tengo “hermanas” que caminan a mi lado en mi relación con Cristo, y yo camino con ellas para vivir una vida más abundante. Mi vida es muy bendecida gracias a mis “hermanas”. 

Mi sueño y el deseo de mi corazón siempre ha sido descubrir y alentar lo mejor en las demás personas. En mis muchos años como líder, y en mi profesión de trabajadora social, me cruzo con gente que no está consciente de sus dones y talentos. Me encuentro con algunas personas que no tienen confianza en sí mismas, y esa percepción limitada de sí mismas les impide ver cuán valiosas son para Dios.

La misión de mi vida incluye “eliminar las barreras que obstruyen el potencial dado por Dios a los niños y sus familias”. El Señor me ha guiado y permitido hacer esto en la vida de individuos, familias, iglesias y sistemas. Gracias a Dios no lo hice sola. Casi siempre soy parte de un grupo de colegas, o de una comunidad que trabaja para encontrar formas de eliminar esas barreras para las familias; y muchas veces lo hago junto con mis “hermanas”.

¡Eso ya es toda una bendición! Sin embargo, hay una bendición extra que viene cuando recorro esa senda junto a otras personas creyentes. A menudo viene con, y a través de, mis “hermanas” que tienen un mismo trasfondo y una misma comprensión del amor de Cristo hacia nosotras y hacia otras personas. Mis “hermanas” aportan una perspectiva como la de Cristo en la tarea de animar y eliminar las barreras. Muchas veces es un proceso de aprendizaje para un grupo de mujeres de Dios que buscan juntas hacer su voluntad.

El Instituto Cristiano para Líderes Latinas (CLLI por sus siglas en inglés) nació de esa forma. Desde el deseo y la visión de hacer realidad lo mejor en las demás personas y en las comunidades, la semilla de CLLI comenzó en colaboración con una hermana con ideas similares, la doctora Nora Lozano. Partiendo de la base de nuestra amistad y hermandad, en otoño de 2005 las dos líderes latinas comenzamos a soñar y planificar un movimiento para ayudar a otras líderes latinas a maximizar el potencial que Dios les dio. Dios usó conversaciones divinas, nuestras redes y el aliento mutuo a medida que la doctora Lozano y yo comenzamos el proceso de crear y desarrollar juntas este Instituto.

Esto no lo hicimos solas. En estos últimos 14 años Dios trajo a personas amigas, consejeras, consultoras y facultad para trabajar con nosotras.

El concepto inicial de CLLI ahora ha madurado hasta llegar a ser una institución sin fines de lucro, con una Directora Ejecutiva y una Junta Directiva que dirigen nuestra organización. No solo enseñamos a latinas sino también a “latinas de corazón” de las cuales también aprendemos. Todas son mujeres dotadas que siempre nos bendicen mientras continuamos progresando en el Instituto.

Mi amistad y hermandad con Nora Lozano continúa creciendo mucho más allá de los lazos con CLLI. Encontré una cita de Sabrina Newby, CEO y fundadora de la Cámara de Minorías de Georgia, que describe nuestra relación:

“Yo estoy orgullosa de ella, y ella está orgullosa de mí. No hay competencia, mala voluntad, envidia o celos. Somos mujeres seguras, confiadas, que hacemos cada una lo nuestro mientras nos apoyamos mutuamente”.

A eso lo llamo “verdadera hermandad”. Y es mi oración que quienes leen este blog tengan este tipo de hermandad con otras. Que sean mujeres seguras, confiadas, que hacen cada una lo suyo mientras se apoyan mutuamente.

Creo que es casi imposible llegar a ser lo mejor que podamos sin ser parte de una comunidad de “hermanas”. Esta hermandad es un regalo de Dios. Una hermandad está formada por mujeres conectadas genéticamente o por su fe en Cristo, que quieren y pueden caminar a tu lado, alentarte, compartir confidencias y protegerte.

La Biblia habla sabiamente de la importancia de vivir y servir en comunidad: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (Eclesiastés 4: 9, 10). El pasaje continúa diciendo: “También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (Eclesiastés 4: 11, 12). El poder de la comunidad es verdaderamente importante en la Biblia.

Si tienes la bendición de tener una comunidad de “hermanas” a tu alrededor, dale gracias a Dios y no dejes de alimentarla. Si no la tienes, ora pidiendo tenerla. Toma la iniciativa; empieza siendo una buena “hermana” para otras mujeres y, a su tiempo y con la bendición de Dios, podrás disfrutar las riquezas de tener una hermana o una comunidad de hermanas a tu alrededor.

En CLLI nos esforzamos por ser esa comunidad de líderes; una hermandad que se alienta mutuamente en su trayectoria de liderazgo. Al continuar ofreciendo entrenamientos en diferentes sedes, por favor considera unirte a nosotras y ser parte de esta comunidad que nos vincula para lograr la excelencia en Dios.

Patty Villareal, LMSW, Co-fundadora de Instituto Cristiano para Líderes Latinas y profesora auxiliar en la Universidad Bautista de las Américas.

The Strength of Sisterhood

Christian Latina Leadership Institute

By Patty Villarreal, LMSW

Para leer la version en español, haga clic aquí.

The word strength conjures up images of power and confidence. God provides people, women and men, who cross our path with strength which maximizes our God-given potential. Power and confidence give us courage to pursue an action towards our dream.

As women we sometimes tend to gravitate more towards other women, our sisters. In my case, similar to Alicia Zorzoli, who wrote last month’s blog, I did not have blood sisters. Growing up, I was envious of my female friends who had sisters. I watched those special bonds between them. They always had a companion when they went places. They shared intimate secrets and protected each other. Yes, they fought but what siblings don’t. I always wondered what it was like to have a sister.

By the grace of God, He gave me lots of “sisters” when I became a Christian. Immediately, I inherited a world of hermanas (sisters). I have the privilege of sharing special bonds with many of these “sisters”. I have hermanas who I confide in and they confide in me, who protect me and I protect them. I have hermanas who walk with me in my relationship with Christ and I walk with them to live life more abundantly. My life is blessed with my hermanas.

My dream and strong desire has always been to encourage the best in others. In my years as a leader and in my profession of social work, I come across people who aren’t aware of their gifts and talents. I encounter those who lack self-confidence, and the limited perception of themselves hinders their ability to see how valuable they are to God. 

My life mission includes “elimating barriers that hinder God-given potential in children and their families”. The Lord has allowed and guided me to do that in the lives of individuals, families, churches, and in systems. Thankfully, I didn’t do this in isolation. I am often a part of a group of colleagues, or a community who is working on ways to eliminate those barriers for families, and many times I am doing this alongside of my hermanas.

This is a blessing in itself! However, the extra blessing comes when I walk this journey with other believers. Often, it is with and through my hermanas who come from the same framework and understanding of Christ’s love for us and others. Mis hermanas bring a Christ-like perspective in the work of encouragement and elimination of barriers. Often times, it’s a learning process for women of God who are seeking God’s will together.

The Christian Latina Leadership Institute (CLLI) was birthed that way. From the desire and vision to bring out the best in others and in communities. The seed of the CLLI began in collaboration with a like-minded sister, Dr. Nora Lozano. Through the beginning of a friendship and sisterhood, two Latina leaders in the Fall of 2005 began to dream and fashion a movement to help other Latina leaders maximize their God-given potential. God used divine conversations, our networks, and encouragement of each other as Dr. Lozano and I traveled the journey together to create and develop the CLLI. 

We did not do this alone, in these last 14 years, God has led friends, advisors and faculty to work with us. 

The initial concept of CLLI has now matured into a non-profit, an executive director, and a CLLI board that now lead the organization. We not only teach Latinas but also Latinas-at-heart, from whom we also learn. They are gifted women who always bless us as we continue to fine-tune the Institute.

My friendship and sisterhood with Nora Lozano continues to grow in ways beyond our ties with the Christian Latina Leadership Institute. I came across this quote from Sabrina Newby, CEO and founder of the Coastal, Georgia Minority Chamber, which describes our relationship:

“I’m proud of her; she’s proud of me. There is no competition animosity, envy, or jealousy. We’re just secure, confident women doing our thing while supporting each other. I call that a SiSTARship and it is the essence of a Smart Woman Achieving Greatness. (SWAG).”

SiSTARship is a program which empowers women to lead. I pray that those reading this blog have a SiSTARship type of relationship with others – “confident women doing our thing while supporting each other”. 

I believe that it is almost impossible to be the best that you can be if you are not a part of a community of hermanas. This sisterhood is a divine gift from God. A sisterhood is made up of women who are connected by genetics or by their faith in Christ, who are ready and able to walk alongside you, build you up, share confidences, and protect you. 

The Bible speaks wisely about the importance of living and serving in community: “Two people are better off than one, for they can help each other succeed. If one person falls, the other can reach out and help. But someone who falls alone is in real trouble.” Ecclesiastes 4:9-10  This passage goes on to say, “Likewise, two people lying close together can keep each other warm. But how can one be warm alone? A person standing alone can be attacked and defeated, but two can stand back-to-back and conquer. Three are even better, for a triple-braided cord is not easily broken.” Ecc. 4:11-12.  The power of community is certainly important in the Bible. 

If you are blessed to have a SiSTARship community around you, give thanks to God, and keep nurturing it. If you do not have one, pray for a community of sisters.  Take initiative and start being a good sister to other women, and eventually, with God’s blessing, you will enjoy the riches of having an hermana or a community of hermanas surround you. 

At the CLLI, we strive to be this community of leaders –a SiSTARship– that encourages each other in the journey of leadership.  As we continue offering training at different sites, please consider joining us and becoming part of this community that bonds together to achieve excellence in God.

Patty Villarreal LMSW, is the Co-Founder of the Christian Latina Leadership Institute, and Adjunct professor at the Baptist University of the Américas.

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By Alicia Zorzoli

March 2019

Para leer la versión en español haga clic aquí.

I don’t have a sister. I have two brothers whom I love with all my heart, but I would have loved to have a sister. I would have loved someone to play and argue with, someone to share my secrets, dreams, and clothes.  I would have loved someone to talk to about the boy I liked from school.  

And I have realized I am not the only one who feels this way. Recently I have witnessed an amazing experience. A member of our weekly women’s Bible Study group received a very special gift last Christmas: the kit to learn about her DNA. This was very special for her as she had been adopted as a little child and, therefore, knew nothing about her biological family. The test results showed that she has a half-sister! Both of them contacted each other, and last week they finally met. It was quite a sight to see them together! They couldn’t separate themselves; my friend’s new sister shared her testimony saying that all her life she had been longing for a sister. And now God had fulfilled her dream.

In my case, at the right time both my brothers got married and gave me the best imaginable present: my sisters-in-law whom I love as true sisters. Although we live very far apart from each other, I can spend hours talking with them and we enjoy it tremendously.

These two examples can be described in just one word: sisterhood. The Webster Dictionary defines sisterhood as “the solidarity of women based on shared conditions, experiences, or concerns.” The effect of this sense of sisterhood can be seen either between just two women or among a whole group. And the impact resulting in the lives of the individuals can be tremendous, especially with us women. Be it a sisterhood related by blood or by affinity, the influence among two or many can be very powerful.

There is a foundational element in the sisterhood DNA. Be it a sisterhood of two or a group, each one maintains her own distinctive characteristics; however, there is a point of contact that brings them together. It has to be something that connects them. That could be kinship, common interests, similar likes,or vocations. In my case, the connection with my sisters-in-law was not by kinship, but through the union of two families. In the case of my friend, the point of contact was blood when both discovered that they were daughters of the same father.

I find an example of this in Luke 8:1-3. Luke portrays a group of women disciples of Jesus. They joined Jesus and the twelve apostles traveling “from one town and village to another” (v. 1), learning from the Master and serving Him “out of their own means” (v. 3). We have the names of three of these women: Mary Magdalene, Joanna and Susanna. But Luke mentions there were “many others” (v. 3). These women were very different from each other. Some had been physically healed; others were liberated from evil spirits. Some, as Joanna, belonged to a high class on the social scale; others were from the general public. Each one of them had their own particular history before encountering Jesus. But finding the Master and experiencing His powerful action on each of them was their “contact point”; it was their connection; it was what established their sisterhood. The Bible commentary, El Comentario Bíblico Mundo Hispano, expresses this bond very clearly by saying that “they had been equally pardoned.”

It is hard to imagine such a group of women walking together, covering mile after mile for days, months and even years, and not seeing them talking with each other. They probably didn’t know each other at first, but I am sure that not too much time passed before they each started to introduce themselves, asking for their names and sharing how they had come to be Jesus’ disciples. This is also part of our DNA as women! So, we can clearly see in this picture “the solidarity of women based on shared conditions, experiences, or concerns” which, according to the Dictionary, is the definition of sisterhood.

I would like to translate this New Testament sisterhood example to a present time similar situation of which I am honored to be a part. I am talking about Christian Latina Leadership Institute (CLLI). It is a three-year academic program whose main purpose is to empower Christian Latina (or Latina at heart) leaders to be agents of transformation in the micro- or macrocosms in which they find themselves. Throughout its more than 13 years of existence, CLLI has been the meeting place of Christian leaders who not only received academic instruction to be the best leaders in their field, but also received role models from instructors and fellow classmates. They also received the benefit of influence and shared experiences among themselves. 

A few days ago, I met one of my former CLLI students. Her name is Ana Castellano Jiménez. She shared with me that it was CLLI who pushed her to continue her education after graduating from the university. Already married, with three children and with the difficulty that English is not her native language, she decided to strive for a master’s degree. The result? Not one but two Masters, one in Christian Ministry and the other in Christian Counseling. But Ana’s story doesn’t stop there. She is currently working towards her PhD in Education. Ana recognizes CLLI as the impulse God used for encouraging her to advance in her studies in order to be the best Christian leader in her field and make an influence that leaves a mark in many lives.

Yes, it is true that I did not have the sister I longed for when I was a child. But when I look back, I can see that God did compensate my desire by making my cup overflow with a superabundance of “sisters.” First, God gave me my sisters-in-law. Then, He gave me an army of women whom I have personally met in more than 50 countries all around the world. Their bond of friendship and affection continue making a strong impact in my life and more recently through CLLI. And this is exactly what sisterhood is all about!

Alicia Zorzoli is a Bible teacher and international lecturer, she has published numerous articles in Christian magazines and books. For more than ten years she has been a part of the CLLI faculty.

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Por Alicia Zorzoli

Marzo, 2019

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Yo no tuve una hermana. Tengo dos hermanos a quienes amo con todo mi corazón, pero me hubiera gustado tener una hermana; una niña con quien jugar, con quien contarnos secretos, con quien pelear, con quien compartir sueños, con quien intercambiar ropa, una a quien contarle del chico de la escuela que me gustaba. 

Y no soy la única que siente así. En estos días fuimos testigos de una experiencia maravillosa. Una miembro del grupo de mujeres que nos reunimos semanalmente para estudiar la Biblia, recibió como regalo de Navidad el kit para el estudio de su ADN. Ella había sido adoptada de pequeña y no sabía nada de su familia biológica. Como resultado de la prueba, encontró que ¡tiene una medio-hermana! Ambas se comunicaron, y la semana pasada se encontraron. Fue maravilloso verlas juntas. No se podían separar. En su testimonio, la hermana de mi amiga contó que durante toda su vida anheló tener una hermana. Y ahora Dios le había concedido su sueño. 

En mi caso, con los años mis dos hermanos se casaron y me hicieron el mejor de los regalos: dos cuñadas a quienes amo como si fueran mis hermanas. Aunque vivimos muy distantes, con ellas puedo conversar por horas y lo disfrutamos muchísimo.

Estos dos ejemplos se reúnen en una sola palabra: fraternidad. El diccionario la define como “amistad o afecto entre hermanos o entre quienes se tratan como tales”. El efecto de este sentido de fraternidad puede verse tanto entre dos personas como en un grupo. Y el impacto que produce en la vida de las personas es tremendo, y especialmente en nosotras como mujeres. Sea una fraternidad de sangre o afectiva, la influencia de ambas o de varias entre sí puede llegar a ser poderosísima. 

Hay un elemento fundamental que integra el ADN de esto que llamamos fraternidad. Sea que se trate de la relación entre dos personas o entre un grupo de ellas, y aunque ninguna pierde sus características distintivas individuales, debe existir un punto de contacto. Tiene que haber algo que las conecta entre sí. Pueden ser parentesco, intereses comunes, gustos similares o vocaciones comunes.  En mi caso la conexión se dio en la forma de un parentesco, aunque no sanguíneo, con mis cuñadas. En el caso de mi amiga, el punto de contacto fue de sangre cuando ambas descubrieron que eran hijas del mismo padre.

Yo encuentro un ejemplo de esto en Lucas 8:1-3. Lucas presenta a un grupo de discípulas de Jesús. Ellas iban, junto con Jesús y los doce apóstoles “de ciudad en ciudad y de aldea en aldea” (v. 1) siguiendo a su Maestro, aprendiendo de él y sirviéndole con sus bienes. De tres de ellas sabemos sus nombres: María Magdalena, Juana y Susana; pero Lucas añade que había “muchas otras” (v. 3). Son mujeres muy diferentes entre sí. Algunas habían sido sanadas físicamente; otras habían sido liberadas de malos espíritus; algunas, como Juana, provendrían de una clase alta en la escala  social; otras serían lo que llamamos “ilustres desconocidas”. Cada una de estas discípulas tenía una historia que contar; un “antes” de su encuentro con el Maestro. Pero el encuentro con Jesús y su obra poderosa en la vida de cada una de ellas fue su “punto de contacto”, fue lo que estableció la conexión entre ellas, lo que creó la fraternidad. El Comentario Bíblico Mundo Hispano lo expresa con una frase simple pero profunda a la vez: todas ellas “habían sido igualmente perdonadas”. Ahí está el punto de contacto; esa fue su conexión. 

Yo no me puedo imaginar a un grupo así de mujeres caminando juntas, recorriendo kilómetro tras kilómetro por días, meses y hasta años, y sin verlas conversando entre ellas. Probablemente al principio no se conocían entre sí, pero no habrá pasado mucho tiempo sin que empezaran a presentarse, a preguntarse sus nombres y a compartir su experiencia de cómo habían llegado a ser discípulas de Jesús. ¡Eso también está en nuestro ADN como mujeres!  Es decir, es fácil imaginar que se debe haber creado esa “amistad o afecto entre hermanos o entre quienes se tratan como tales” que define a la fraternidad. 

Quisiera traducir la experiencia de ese grupo descripto en el Nuevo Testamento presentando a un grupo de nuestro tiempo del cual me siento honrada de ser parte. Me refiero a una institución llamada “Instituto Cristiano para Líderes Latinas” (CLLI por sus siglas en inglés). Se trata de un programa académico de tres años de duración cuyo objetivo es transformar la vida de las mujeres en el nombre de Jesús al empoderarlas como líderes cristianas latinas, o latinas de corazón, para ser agentes de cambio en el micro o macro cosmos en el que les toca actuar. A través de sus más de 13 años de existencia, CLLI ha sido el lugar de encuentro de líderes cristianas que no solo recibieron instrucción académica para ser las mejores líderes en su campo sino que también recibieron modelos a seguir de parte de instructores y compañeras de trayectoria y, además, recibieron el beneficio de la influencia y las experiencias compartidas entre sí.

Hace pocos días me reencontré con una de mis ex alumnas de ese programa: Ana Castellano de Jiménez, quien me expresó que CLLI fue quien la impulsó a proseguir sus estudios luego de graduarse de la universidad. Ya casada, con tres hijos y con la dificultad de que el inglés no es su idioma natal, decidió esforzarse por obtener una maestría. ¿El resultado? Pues que alcanzó no uno sino dos títulos: una maestría en Ministerio Cristiano y la otra en Consejería Cristiana. Pero allí no termina la historia; ahora Ana está cursando sus estudios de doctorado para obtener el título de Doctora en Educación. Ana reconoce a CLLI como la fuerza que Dios usó para animarla a progresar en su liderazgo prosiguiendo sus estudios para poder ser la mejor líder cristiana en su campo y ejercer una influencia que deje huellas en muchas vidas.

Sí, es verdad que no tuve la hermana que hubiera querido de niña. Pero al mirar hacia atrás veo que Dios compensó ese anhelo haciendo rebalsar mi copa con una superabundancia de “hermanas”. Primero fueron mis cuñadas, después fue un verdadero ejército de mujeres con quienes tuve contacto personal en más de 50 países a lo largo y ancho del mundo cuyos lazos de amistad y afecto continúan marcando mi vida, y más recientemente a través de CLLI ¡Y eso describe perfectamente lo que es una verdadera fraternidad!

Alicia Zorzoli es maestra de la Biblia y conferencista internacional, ha publicado numerosos artículos en revistas y libros cristianos. Desde hace más de diez años sirve como profesora del CLLI.

Por Anyra Cano

Traducido por Alicia Zorzoli

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Dieciocho años atrás mi vida se encontraba como en el fondo enlodado de un pozo. Había experimentado un tiempo de trauma físico y emocional. Anhelaba una comunidad que me ayudara a salir del dolor que me envolvía. Dios fue bueno conmigo al brindarme una red de personas que me inspiraron, me desafiaron, me alentaron y oraron por mí. A través de cada una de ellas Dios fue restaurando mi vida. Esta experiencia me enseñó una lección invalorable en cuanto a la mentoría y la hermandad entre mujeres.

Doy gracias por varias mujeres sabias en  mi vida que se tomaron el tiempo para escucharme y animarme. Su sabiduría y su obra como mentoras me ayudaron a recuperar mi confianza en Dios y a descubrir un sendero nuevo para acercarme a él.

Esta actitud de mentoras y de hermandad que encontré en diferentes mujeres me recuerda la historia bíblica de Noemí y Rut quienes, aunque no tenían un parentesco de sangre, desarrollaron un vínculo tan fuerte entre suegra y nuera que fue capaz de llevarlas a un lugar seguro. Es una historia hermosa de dos mujeres que debieron soportar un dolor y una pena muy grandes que las dejó vulnerables y las llevó a viajar juntas de regreso al país de Noemí. En ese viaje Noemí se convirtió en la mentora de Rut quien aceptó confiadamente seguir las sugerencias de Noemí.

Así como Rut encontró su mentora, Noemí, en medio de un tiempo de pérdida, yo encontré a mi mentora también en medio de un tiempo de tristeza profunda. Su nombre es Alicia Zorzoli. Como una forma de respeto y honor yo la llamo “hermana Alicia”. Ella no es mi hermana biológica, pero es mi hermana en Cristo.

Conocí a mi hermana Alicia en El Paso, en una pequeña iglesia hispana en donde ella era una líder. Me estaba preparando para mudarme a San Antonio a comenzar mis estudios para el ministerio vocacional. Recuerdo haber compartido a la hermana Alicia que me sentía muy indigna  de ir a esa universidad cristiana. La respuesta poderosa y compasiva que recibí de ella la llevo grabada en mi corazón por los últimos 18 años: “No tienes que tener vergüenza. Considera lo que has pasado como parte de la preparación que Dios tiene para ti para servir en el ministerio. Lo que tú viviste te va a ayudar a ministrar a otras personas que estén pasando por situaciones similares”.

Después de la universidad perdí el contacto con la hermana Alicia, pero sus sabias palabras  permanecieron conmigo y continuaron guiándome. Su sabiduría resonó tan profundamente en mi alma que llegó a ser el marco de mi ministerio. Y, eventualmente, la profecía de la hermana Alicia llegó a ser una realidad en mi vida cuando yo también me convertí en mentora. Ese día descubrí que Dios iba a redimir mi historia y transformarla en una que sería una puerta para que otras también experimentaran la misericordia y el amor incondicional de Dios.

Hace unos nueve años Dios trajo a mi vida a una jovencita de 16 años: Itzayana. Ella se hizo miembro de la iglesia donde yo soy la ministro de jóvenes. Itzayana era tímida y callada, pero le encantaba aprender y servir. Entre nosotras se fue formando un vínculo muy especial y comencé a ser su mentora en varias áreas de ministerio y liderazgo. Yo la reclutaba para que estuviera a mi lado como voluntaria, y la llevaba conmigo a todas las reuniones y los entrenamientos donde yo participaba.

Durante la escuela secundaria Itzayana trabajó mucho porque quería obtener becas para la universidad. Se había formado grandes proyectos para poder ir a la universidad de sus sueños. Lamentablemente no podía acceder a ninguna de esas becas. Itzayana se sintió completamente derrotada y desalentada. Comenzaron a resurgir muchos problemas que habían estado encubiertos. Recuerdo sus muchas llamadas telefónicas con una voz perturbada y llena de dolor.

Así como la hermana Alicia me había animado, yo animé a Itzayana. Eventualmente se inscribió en la Universidad Bautista de las Américas (BUA por sus siglas en inglés), donde en menos de tres años obtuvo el título de Liderazgo Empresarial. Y en este próximo mes de mayo Itzayana va a obtener su maestría en Administración de Empresas.

Nuestro vínculo de hermandad y mentoría me permitió ver cómo esta jovencita se desarrollaba hasta llegar a ser una líder fuerte, respetada y amada por muchos en nuestra comunidad. Itzayana me llena de gozo y admiración. Hoy es una líder en la iglesia, y ha crecido tanto en su ministerio que estoy convencida de que puede manejar la iglesia por sí sola.

Después de diez años la hermana Alicia y yo volvimos a conectarnos. Ella ahora es una miembro y una líder en la iglesia donde yo sirvo. En esta nueva etapa de su vida y su ministerio ella continúa siendo una importante mentora para mí; alguien que me ama, que crece junto a mí, que me escucha, me comparte su sabiduría y me “echa porras”. Recientemente escribió un  libro de estudios bíblicos titulado “¡Dios, esto no estaba en mis planes!”. En él ella comparte del dolor que sufrió en su vida, y de cómo esos momentos la prepararon para lo que ella es hoy.

Aunque Noemí soportó una pena muy grande, también sirvió como la mentora para desarrollar a una líder en Rut cuya descendencia incluye a nuestro Salvador Jesucristo. La hermana Alicia, quien conoció la pena y el dolor, me mentoreó a mí, y hoy yo tengo el privilegio de liderar y mentorear a muchos jóvenes, como Itzayana, para que vivan el propósito de Dios en su vida.

Aunque el hecho de ser hermanas y mentoras a veces puede nacer de circunstancias dolorosas, esta trayectoria produce sabiduría, guía, recursos, gozo y esperanza para el futuro. De la misma manera que a Noemí, Ruth, Alicia, Itzayana y yo, Dios nos invita a ser mentoras y a recibir mentoría de personas llenas de fe y sabiduría que forman parte de la historia de redención de Dios.

Doy gracias por mi trayectoria. Aunque ha sido dolorosa, Dios colocó a las mentoras correctas en mi vida justo en el momento correcto.  Y así como yo recibí gratuitamente de la generación previa, también yo quiero dar  gratuitamente a la próxima generación.

¡Ciertamente el recibir mentoría y el ser mentoras son verdaderos regalos! Si tú quieres experimentar ese regalo, por favor considera unirte a nosotros en el Instituto para Líderes Latinas Cristianas (CLLI por sus siglas en inglés) donde recibirás entrenamiento espiritual, académico, empresarial, ayudas para desarrollar ministerios sin fines de lucro, y mentoras dispuestas a invertir en tu vida no importa dónde te encuentres.

Anyra Cano es la Coordinadora Académica del Instituto Cristiano para Líderes Latinas, Ministra de jóvenes de la Iglesia Bautista Victoria en Cristo en Fort Worth, TX y Coordinadora de las Mujeres Bautistas en el Ministerio de Texas.

By Anyra Cano

Para leer la versión en español haga clic aquí.

Eighteen years ago, my life was in a slimy pit of mud and mire. I had experienced a season of both emotional and physical trauma. I was longing for a community to help me out of the pain I found myself in. God was good and provided me a network of people that inspired, challenged, encouraged, and prayed for me. Through each of them,  God worked to restore my life.  This experience has taught me the invaluable lesson of mentorship and sisterhood.

I am grateful for several wise women in my life who took the time to listen and to encourage me. Their wisdom and mentorship helped me to restore my trust in God and to discover a new path toward Him. 

The sisterhood and mentorship that I found in different women remind me about the biblical story of Ruth. Naomi and Ruth, who were not related by blood, developed a strong mother-in-law/daughter-in-law bond that led both to a place of safety and security. It is a beautiful story of two women who had endured great sorrow and pain, were left vulnerable, and then together journeyed to Naomi’s home country. In that journey, Naomi becomes a mentor for Ruth, who trustingly submits to Naomi’s suggestions.

Just as Ruth found her mentor, Naomi, during a time of loss, I found my mentor while also experiencing profound sadness.  Her name is Alicia Zorzoli. I call her “Hermana (sister) Alicia”, out of respect and honor. She is not my biological sister, rather my sister in Christ.  

I met Hermana Alicia in El Paso, in a small Hispanic Baptist church where she was a leader. As I was about to leave for San Antonio to prepare for vocational ministry, I remember sharing with Hermana Alicia how unworthy I felt about going to college. Her powerful and compassionate response has been implanted in my heart and mind over the last 18 years: “You do not need to be ashamed, instead look at what you went through as a part of the schooling God has for you to serve in ministry. What you went through will help you minister to others in similar situations.” 

After college, I lost contact with Hermana Alicia, but her wise words remained with me and continued to guide me.  Her wisdom resonated so deeply in my soul that they have become the blueprint of my ministry. And eventually, Hermana Alicia’s prophecy became reality in my life, when I also became a mentor. That day I learned that God would redeem my story and transform it into one that would become a gateway for others to also experience God’s mercy and unconditional love.

About nine years ago, God brought a 16-year-old girl into my life—Itzayana. She became a member of the church where I am the youth minister. Itzayana was shy and quiet, but she loved to learn and serve. We grew a special sisterhood bond and I began to mentor her in several areas of ministry and leadership. I would recruit her to volunteer alongside me and I would take her with me to meetings or trainings in which I was participating. 

In high school, Itzayana worked diligently as she desired to get scholarships for college and had made big plans to go to the university of her dreams. Unfortunately, she was not eligible for any of those scholarships. Itzayana felt completely disappointed and defeated. Many underlining issues and fears had resurfaced. I remember her many phone calls to me, her distraught voice filled with lament. 

As Hermana Alicia had encouraged me, I also encouraged Itzayana. Eventually, she attended the Baptist University of the Americas (BUA) and obtained a degree in Business Leadership. She graduated in less than three years from BUA, and this coming May she will be graduating with her master’s degree in Business Administration.  

Our bond of sisterhood and mentorship has allowed me to see this young lady develop into a strong leader who is respected and dearly loved by many in our community. She brings me great joy and admiration.  She has become a leader in the church.  Itzayana has grown so much in her ministry, that I believe she can run the church on her very own.

Hermana Alicia and I have now reconnected after 10 years. She is a member and leader of the church where I serve. In this new season of life and ministry, she continues to be a significant mentor who loves me, grows alongside with me, listens to me, shares wisdom, and cheers me on. Recently, she wrote a bible study book titled “God, This Was Not In My Plans”. In her book, she shares about the pain she endured in life, and how those moments have prepared her for what she is today. 

While Naomi was enduring great grief, she was also developing and mentoring a leader in Ruth, whose offspring would one day include our Savior, Jesus Christ. Hermana Alicia, who knew about pain and sorrow, mentored me, and today I have the privilege to lead and mentor many young people, like Itzayana, to live out God’s purpose in their lives.  

While mentorship and sisterhood can sometimes be born out of difficult circumstances, this journey brings wisdom, guidance, resources, joy, and hope for the future. Similar to Naomi, Ruth, Alicia, Itzayana and me, God invites us to mentor and be mentored by people of faith and wisdom who are all part of God’s redemption story.

I am grateful for my journey. Even though it has been painful, God has placed the right mentors in my life at just the right times. And since I received freely from the previous generation, I also want to give freely to the next generation.

To mentor and to be mentored are true gifts, indeed! If you want to experience this gift, please consider joining us join us at the Christian Latina Leadership Institute where you will find spiritual, academic, business, non-profit ministry, and life mentors who are willing to invest in your journey no matter where you find yourself. 

Anyra Cano is the Academic Coordinator of the Christian Latina Leadership Institute, Youth Minister at Iglesia Bautista Victoria en Cristo in Fort Worth, TX and Coordinator for the Texas Baptist Women in Ministry.  

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